VÉRTIGO

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—Esa mujer huele en la mañana a ansiedad, nerviosa, despegando sus piernas largas y un saludo a veces imperceptible. Quiere decir algo más y con una sonrisa se disculpa de sus limitadas expresiones orales. Es que su talle en movimiento la delata, se traba.

Es lo que pienso cada mañana cuando se acerca y ya viene muda, abatida.

Hoy esbozó una sonrisa que el vértigo de sus sensaciones no frustró del todo. La suerte está de su lado, al menos durante esos segundos en que puede recibir algo a cambio, digamos un acercamiento a su mirada y el agradecimiento de haber vencido sus límites vestidos de pudor, de una emoción soterrada.

Difícil aventurar su comportamiento en la intimidad; cualquier aventura se antoja, de esa fragilidad, de esta mujer del desierto. No me engaño, a mí también me turba eso en ella, que es ajeno a la displicencia, aunque parezca desapego. Su cruz difiere en sus consecuencias; está sola, envuelta en una caída que parece irremediable.

También desconozco si habré nuevamente de ocuparme de esa extrañeza. Sólo espero que la perspicacia, mi malicia, no me abandonen.

 

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