Tomar partido, reflexión sobre los sistemas totalitarios y la necesidad de abolirlos

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El también guionista cinematográfico –ganador de un Óscar en ese rubro en 2002, por la película El pianista– no hace concesión al exponer en dicha pieza –en un desaforado vaivén emocional que transita entre el humor, la ira y la indignación– los argumentos a favor y en contra sobre tan delicada situación, para que al final cada espectador sea quien elabore su juicio.

El montaje de dicha obra, llevada al cine en 2001 por el realizador húngaro István Szabó con el título Taking sides, reinició temporada el pasado viernes (11 de enero) en el Foro Cultural Chapultepec, donde, en principio, se mantendrá hasta el 24 de febrero, ya que existen amplias posibilidades de que extienda su permanencia gracias a la excelente acogida del público.

 El elenco es encabezado por los primeros actores Rafael Sánchez Navarro y Humberto Zurita, quienes el día del restreno recibieron al final de la función el premio Arlequín, en reconocimiento a su exitosa trayectoria.

 

 

Martín Altomaro, Marina de Tavira, Sergio Bonilla y Stefanie Weiss completan el reparto, mientras la dirección escénica está a cargo de Antonio Crestani, cuya propuesta se sustenta en la experiencia y el aplomo del trabajo actoral de Sánchez Navarro y Humberto Zurita.

El primero personifica a Wilheim Fürtwängler, y el segundo encarna a un oficial del ejército estadunidense de origen judío, el mayor Steve Arnold, quien es el responsable de las investigaciones en contra del músico alemán, a quien detesta de forma abierta por su falta de valor e hipocresía. Por ello hace lo posible por encontrar elementos que lo inculpen, más allá de su conocido antisemitismo.

Divididas en dos actos, las acciones se desarrollan en una oficina que el ejército estadunidense estableció en la Berlín ocupada, en 1946. En términos escenográficos, no hay más elementos que un par de viejos escritorios, cuatro sillas, un perchero, una antigua máquina de escribir y unos igual de viejos tocadiscos y proyector de películas.

Tanto en la parte frontal como en la posterior del escenario se encuentran emplazadas una serie de estructuras de madera que dan la apariencia de una antigua construcción. En la pared posterior hay tres grandes pantallas que lo mismo sirven de ventanas que para proyectar escalofriantes y crudas imágenes reales de los campos de concentración nazis.

El empleo de ese recurso es fundamental en la conmovedora escena con la que cierra la puesta, cuya duración total es de alrededor de dos horas y en cuyo transcurso pueden escucharse fragmentos de la Novena y la Séptima sinfonías de Beethoven, así como la Séptima sinfonía de Anton Bruckner.

Más que eficiente y veraz es el desempeño de cada uno de los actores sobre el escenario: Marina de Tavira, como la secretaria del mayor Arnold, siempre un tanto inconforme del proceder de éste, y Martín Altomaro, como un segundo violinista de la Filarmónica de Berlín, quien hacía las veces de infiltrado del régimen nazi en esa agrupación.

La Joranda

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