Paul McCartney cimbró el Azteca con concierto intemporal

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El ex beatle hizo suyos a los presentes en el Coloso de Santa Úrsula con simples gestos, con soberbias interpretaciones, con los cambios de instrumento (como el bajo, la guitarra eléctrica, la acústica, la mandolina, el piano y el ukelele), así como con sus frases en español: “Los chilangos son maravillosos. Estamos muy contentos de volver. Trataré de hablar un poco de español esta noche… y un poco de inglés. Buenas noches niños, niñas, jóvenes… aprendí un poco de español a los 11 años en Liverpool”, por mencionar algunas.

Su banda –conformada por Rusty Anderson (en la guitarra), Paul Wickens (teclados, percusión y guitarra acústica), Brian Ray (guitarra y bajo eléctricos) y Abe Laboriel (batería)–, con la que ha hecho giras en los recientes años, siguió el paso sonoro de este senséi del escenario.

Antes de que la histeria colectiva se apoderara de los presentes, cuatro pantallas del proscenio proyectaban imágenes de recortes de diarios de los 60, de esos años de plenitud del cuarteto de Liverpool, de su terruño. Discos de acetato, fotos de grabaciones para evocar el primer fenómeno pop en la historia de la música actual, pero también apareció junto con Linda, su esposa, así como de él mismo en diferentes momentos de su vida.

Sonaron los primeros acordes de Magical Mistery Tour y las decenas de miles de personas invocaron a los espíritus del cuarteto de Liverpool. Junior’s Farm, pieza de los Wings, se escuchó fuerte. All my Loving, del cuarteto, hizo que su corazón se repartiera en miles para entregar un pedazo de nostalgia.

Jet, otra de los Wings, pieza de la plenitud como solista de McCartney, causó una marejada de brincos de los privilegiados que pagaron de cinco a 12 mil pesos. Drive my car y Sing the changes seguían el camino de la evocación del cuarteto de Liverpool.

 

Siguió una pieza “que se toca por primera vez en la ciudad de México”: The Night Before, otra de Los Beatles.

Luego se quitó su hermoso traje azul y cambió de bajo e interpretó Let Me Roll It, de los Wings. Luego, con su guitarra, ofreció un homenaje a Jimi Hendrix con Foxy Lady. Sacó también una guitarra “de los años 60; de cuando grabábamos”, rolas como Paperback Writer, que aplaudieron y corearon los forever young.

Con The Long and Winding Road tocó el piano y las melosas notas no le fueron indiferente a la audiencia de cinco o seis décadas de edad. Sonaron luego Nineteen Hundred and Eighty Five.

“Esta rola –My Valentine– la escribí para mi hermosa mujer Nancy”. Aparecieron imágenes de Nancy y en profunda dedicatoria estremeció al respetable. Y siguió encima del piano con otra dedicatoria, ahora para su primera mujer, Linda, Maybe I’m Amazed. I’ve Just Seen a Face se escuchó. Otra pieza virgen en el Distrito Federal, Hope of Deliverance, creó un coro de miles de gargantas.

And I Love Her dio el toque de amor. Con guitarra acústica evocó esa pieza, como para desgarrarse la ropa. Hizo que el público fuera un ente que no dejó una estrofa sin corear. Antes de Blackbird, el ooe ooe ooe ooe sonado en los estadios hizo que sir Paul acompañara a la audiencia con su guitarra acústica.

“Escribí esta canción para mi querido amigo John (Here Today)”. Luego se colgó su mandolina para interpretar Dance Tonight. Every Night y Mrs. Vandebilt y Eleanor Rigby las acompañó con la guitarra acústica, y llegó otro tributo, con Something Play, a “mi hermanito George”.

Things We Said, Band of the Run, Ob la di Ob la da, Back In the USSR, I ve Got a Feeling, A Day in the Life, Give Peace a Chance, Get back, Yesterday, Golden Slumbers, Day Tripper, entre otros clásicos, formaron parte de la lista de 40 piezas beatlemaniacas que dejaron semblante de felicidad en los presentes, deseosos de volver a escuchar, este jueves, a esta leyenda latente.

La Jornada

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