“Para los japoneses, el arte permite entender la vida a través de la belleza”

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Una grulla, un abuelito, una abuela, una mujer, un hombre, una escoba, un pino, la toma del sake, emergían del abanico y el cuerpo en movimiento de Irene Akiko, quien primero bailó “como hombre”, desde la tradición nichibu, la pieza Chiyono kotobuki, que suele interpretarse en ocasiones especiales como bodas y aniversarios.

Luego, en la pieza Miyako dori, ya “como mujer”, Irene sería una geisha en busca de su pareja eterna, como ciertos pájaros que cuando encuentran a su compañero será para toda la vida. Una danza-dramatización en la que el personaje se empeña en lograr su ensueño en medio de la adversidad. Y ella y su abanico serán un pájaro, flores de cerezo que caen, lluvia, sombrilla, una geisha durmiente.

Durante el singular espectáculo de tres caminos del arte japonés, conducido por Arturo Guzmán Romano, éste leyó un texto de Verónica Volkow sobre el libro más reciente de González Cosío, 88 haikús y los elementos (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla): “Sólo quizás el Oriente lo remite (a González Cosío) a los horizontes infinitos que dan al hombre respiración espiritual: sólo el Oriente generosamente lo refiere a la inagotable herencia humana, más allá de las pequeñeces de vida pública y privada.”

 La actriz Irene Akiko Iida ejecutó danzas nichibu en la velada que tuvo lugar el jueves pasado en el recinto coyoacanenseFoto Marco Peláez

Y la brevedad luminosa de varios haikús fueron escuchados en voz de la actriz y narradora Julia Rodríguez, como éste: “Su mirada baja/ como dulce fruto/ entre las ramas”.

En el escenario había un arreglo ikebana de Berenice Montes, pero en un salón anexo se exhibían varios más, algunos de otras creadoras. Luego de hablar sobre el origen del ikebana como parte de las ofrendas del budismo zen, hasta que con el tiempo llegaron a un “alto rango estético”, Montes explicó: “Los japoneses consideran todas las artes como sistemas que nos permiten otras perspectivas para comprender la vida a través de la belleza y los sentimientos más allá del horizonte de la racionalidad y la supervivencia”. Más adelante aclaró: “El ikebana no es un pasatiempo, ni un juego de sociedad; se requiere de una actitud de recogimiento, de entrega a esta tarea de alto rango estético, sin pretensiones, con humildad y sencillez. Para crear, es necesario llevar nada en el corazón”.

La Jornada

La ejecución de danzas nichibu, la exposición de tradicionales arreglos florales ikebana y la lectura de poemas haikús, se intercalaron en una velada a la que también asistió parte de la comunidad japonesa en México.

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