Nada cambia si sólo se reprime el crimen: Robson Rodrigues

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Los admiradores de su trabajo lo describen como un “policía humanista” o un “policía ilustrado”. Parece un contrasentido. Lo cierto es que el coronel Robson Rodrigues da Silva ha llamado la atención a escala mundial como fundador y dirigente de las Unidades de Policía Pacificadora (UPP) de Río de Janeiro, Brasil.

Su logro mayor es haber expulsado de las favelas –sin disparar una bala– a las bandas del crimen organizado, que se habían adueñado de ellas y convertido a la ciudad en una de las más violentas del mundo.

Durante muchos años, decir favela era decir miseria, marginación, delincuencia, narcotráfico, violencia, muerte. Estos asentamientos, situados en las laderas de los cerros que rodean a Río, expresaban lo peor de una sociedad inmensamente desigual, jerárquica, individualista. Un atisbo de lo que era vivir en ellas fue la película Ciudad de Dios (2002), dirigida por Fernando Meirelles.

El filme se quedó corto –asegura en entrevista Rodrigues da Silva–, “la realidad era mucho más fuerte”.

Las UPP empezaron a trabajar hace poco más de tres años con dos objetivos primordiales: recuperar los territorios controlados por la delincuencia y restaurar el tejido social en cada uno de los territorios liberados.

En contraste con el criterio represivo dominante de la policía convencional –señala Rodrigues–, el de las UPP fue ahorrar en armas e invertir en capacitación. Decirlo es fácil, pero la tarea ha sido descomunal, sembrada de dificultades de toda índole, empezando por la desconfianza de la población y siguiendo con la resistencia de los cuerpos policiacos tradicionales. Ha tenido en favor dos factores esenciales: el apoyo (la voluntad política) de las autoridades y los recursos para aplicar un programa que reduzca el crimen, la inseguridad y abra oportunidades para los habitantes de las favelas.

Esto no hubiera sido posible –acepta el entrevistado– sin los 14 años de crecimiento iniciado en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso y continuado por Luiz Inacio Lula da Silva, con un significativo aumento en el gasto social.

De los logros, las dificultades, los pendientes, Robson Rodrigues habla con La Jornada en una entrevista realizada durante su estancia en la ciudad de México, donde estuvo la semana pasada para participar en el Foro internacional sobre políticas de regulación del consumo de drogas, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Es extraño oír hablar a un policía como científico social o como intelectual de izquierda, aunque el hecho tiene explicación: Robson Rodrigues también es antropólogo.

–¿Primero fue antropólogo o policía?

–Primero fui policía. Después fui a la academia (de antropología) para calificar mi mirada y mejorar mi trabajo. Obtuve un referencial teórico y uno metodológico que me ayudaron a observar en mi trabajo como policía y entender el cambio que está ocurriendo en ese cuerpo de seguridad. Fui a la academia para tener –como agente– una mirada profesional. Es algo que me ha ayudado mucho.

–¿En qué circunstancias concretas se da la creación de las Unidades de Policía Pacificadora y cuáles han sido sus etapas?

–En 2008 hubo un reclamo muy fuerte de algunos sectores de la sociedad para que se hiciera algo contra una comunidad que estaba ocupando irregularmente un territorio muy importante desde el punto de vista comercial. Había mucha presión. Se intentó la creación de una policía comunitaria, pero sin ningún estudio social ni equipo ni preparación especial. Fracasaron. Fueron muy ingenuos, muy utópicos, pero quedó una gran experiencia. Yo vi que había una posibilidad de cambiar las cosas con fuerza política, con inversiones. Entonces me propuse como voluntario y me invitaron a ser coordinador general de las UPP cuando empezaba el programa. Fue una oportunidad. Los grupos hegemónicos en la policía tenían un pensamiento más represivo, pero también había grupos de agentes que compartían los puntos de vista de lo que hoy es el programa de las UPP.

 El coronel Robson Rondrigues da Silva durante el Foro internacional sobre políticas de regulación del consumo de drogas, organizado por la UNAM en días pasadosFoto José Carlo González

–¿Cómo puso de acuerdo a una serie de instancias, instituciones, políticos y jefes policiacos que tenían que ver con el proyecto?

–Es difícil responder. A mí no me gustan los políticos, pero quien era nuestro gobernador en ese momento es quien más apoyó el proyecto, pues también había visto que podía tener dividendos positivos políticamente hablando. Yo sólo aproveché la oportunidad para colocar algunos puntos de vista.

–Pero debió haber intereses, incluso económicos.

–También, pues no se trataba sólo de una mirada caritativa, sino de plantear una solución a un problema económico mediante la conformación de un mercado consumidor interesante, para lo cual tenía que haber inclusión social, generación de empleos y creación de oportunidades en el trabajo formal o informal.

–¿El programa de pacificación incluyó una etapa represiva?

–Sí, pero una represión calificada. Antes intervenían los miembros del Batallón de Operaciones Especiales (Bope), cuerpo de elite de la Policía Militar, que generaba frenesí caótico y aumento de la violencia, pero no cambiaba nada, no construía nada, violaba los derechos de la población.

“Los miembros del Bope están preparados para actuar en situaciones extremas: no hacían detenciones, únicamente entraban a matar; los saldos eran de 20 o 30 muertos por cada acción, respondiendo a una lógica de guerra. En sus operativos utilizaban un camión blindado llamado El Calaverón y el logotipo del batallón era una calavera cruzada por dos ametralladoras”.

Admite: “no era una guerra civil profesional, conceptual, pero era una representación de la guerra: se escuchaban disparos de armas, había heridos, muertos”.

También jefe del Estado Mayor Administrativo de la Policía Militar de Río de Janeiro, Robson Rodrigues establece que la diferencia esencial entre un miembro del Bope y uno de la Policía de Pacificación es que al segundo se le ha inculcado “el reconocimiento de la humanidad de los ciudadanos”.

Explica: “tanto policías como delincuentes son jóvenes; unos socializan la violencia legítima del Estado y otros socializan la violencia ilegítima de los grupos de narcotraficantes. Queremos canalizar toda esa fuerza hacia la creación de una producción social positiva en un estado de derecho, y cambiar una cultura de guerra por una cultura de paz. Es lo que hemos estado haciendo en nuestras escuelas policiales; actualmente esa es mi tarea”.

–¿Ha recibido críticas?

–Muchas, que van disminuyendo conforme avanza el proyecto. Muchas fueron por denuncias de violación de derechos humanos, por abusos. Tenemos que ser muy cuidadosos para no perder la legitimidad que hemos alcanzado, la mayor en toda la historia de la policía en Río de Janeiro.

–En este programa ¿qué tanto tuvo que ver la próxima realización del campeonato Mundial de Futbol en 2012?

–Son oportunidades que tenemos que aprovechar; es una ventana, una oportunidad, y no voy a rechazarla, la voy a aprovechar.

–A la distancia, parecería que el propósito es limpiar Río de Janeiro.

–Son oportunidades que surgen cuando se dan estos eventos grandísimos, pero es un proceso y depende de nosotros y de la sociedad civil que esto continúe cuando el Mundial termine, exigir que se mantenga de manera legítima, sin desvíos, sin arrogancia. Hay muchas cosas por hacer, hay resistencias tanto en la policía como en la comunidad, pero es un proceso.

La Jornada

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