Muere John Tavener; con su música se propuso “sanar un mundo destrozado”

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La importancia de su obra, señalan los especialistas, estriba en su estricta belleza y en la capacidad de su contenido de conciliar el pensamiento occidental con la antigua sabiduría de Oriente.

El propio autor la definía así: “Si mi trabajo contribuye de cualquier forma a sanar un mundo destrozado, eso tiene para mí la mayor importancia”.

Sir John Kenneth Tavener nació el 28 de enero de 1944 en Wembley.

Adoptó el nombre artístico acortado: John Tavener, sabedor de su homonimia con el compositor, también inglés, John Tavener (1495-1545), también autor de música religiosa.

Al fallecer tenía 69 años, pero desde hace cuatro décadas padecía consecuencias de una embolia. Sobrevivió también a dos crisis cardiacas y un tumor en el cerebro.

Es autor de un catálogo impresionante de partituras cuya característica es la monumentalidad, pero sobre todo su muy elevada espiritualidad.

Cobró celebridad mundial de manera definitiva en 1968, cuando estrenó su cantata La Ballena, basada en la historia de Jonás, extraída del Antiguo Testamento. De inmediato se convirtió en un referente discográfico en todo el mundo.

Otra de sus obras cumbre se titula The Veil of the Temple, vasto mural sinfónico-coral de siete horas de duración escrito por encargo del Temple Music Trust y estrenada la noche del 27 para amanecer el 28 de junio de 2003 en el Temple Church.

Esa obra, como otras varias de John Tavener, se emparenta por su belleza etérea con la música de Arvo Pärt.

De hecho, la soprano hindú Patrizia Rosario participó en el estreno y grabación tanto de esta obra de Tavener como la de varias de Arvo Pärt.

Estrenada entonces en la iglesia que construyeron los templarios en Londres, esta obra es un canto ecuménico: inicia con un canto sufi, rememora la música del Islam (contra la que se armaron los ejércitos templarios), evoca la música budista tibetana y del budismo zen.

En la última entrevista que concedió, cuya primicia la tuvo el periódico The Guardian, el propio compositor reniega de la condición a la que lo habían reducido los medios de comunicación: la de un autor de música religiosa, cuando en todo caso los temas son ecuménicos, a punto tal que en 2007, según publicó La Jornada provocó ira de católicos en Londres, quienes consideraron que Tavener había ido demasiado lejos en lo ecuménico al escribir y dedicar su obra The Beatiful Names al islamismo, estrenada en la catedral de Westminster, donde por cierto la fama del compositor se extendió a todo el planeta debido a que la música tan bella que disfrutaron millones en la transmisión televisiva del funeral de la princesa Diana, era de su autoría.

La intención al escribir esa obra fue muy clara, explicó su autor: “Quise hacer esto en el lenguaje de la música, con la intención de contribuir un poco a la sanación interna de esta disputa sorprendente que se ha permeado al mundo moderno”.

Innovador en el arte musical

Los conflictos religiosos, causa de guerras e intolerancia, fueron tema central en el trabajo de John Tavener, cristiano profundamente devoto que nació presbiteriano y se convirtió a la Iglesia ortodoxa rusa en 1977, “porque sentía que la fe cristiana oriental estaba más cercana a las raíces originales”.

En una entrevista reciente, que resultó la póstuma, Tavener dijo a The Guardian que se arrepentía de haber permitido que los periodistas lo presentaran como un compositor religioso, incluso dejó que tomaran fotos de él rodeado de íconos religiosos rusos, él enfundado en una túnica blanca.

La instrumentación de sus obras también contribuyó a la innovación técnica en el arte de la música. Precisamente en The Beautiful Names hace hincapié en la sección de instrumentos de aliento, en un coro doble y emplea instrumentos sinfónicos poco comunes, como campanas tibetanas y tambores powwow, tradicionales en la música de los indios de América del Norte.

En su magna partitura titulada Muerte y resurrección, que posee las cualidades de una cantata, un oratorio o una sinfonía con voces monumentales, su propósito es “compendiar, apenas en unos parpadeos, todo lo que ha ocurrido desde los orígenes del tiempo y aún antes de que existiera la noción del tiempo. De manera que la partitura inicia en el total silencio, en el Paraíso de Dios. Y después del silencio se escucha también una espiral de notas hondas que se sumergen en un quieto caos donde todas las potencias del bien y el mal se escuchan y después de una secuencia musical de unos cinco minutos la música viaja feroz, en disonancias hacia una colosal tormenta. Esas potencias del bien y el mal conllevan toda su carga metafísica en tal proliferación de notas que no pueden ser percibidas por el oído humano”.

Con el deceso de John Tavener, el mundo, convulsionado, comenzará a voltear sus oídos a una música que puede curarlo.

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