Miles en la Alhóndiga disfrutaron la clausura de la edición 40 del Festival Cervantino

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Y es que ambas agrupaciones, amaridadas en un ensamble de más de 120 intérpretes, requirieron de pocos instantes para demostrar cuán artificial es esa frontera que se insiste en imponer entre los mundos académico y popular. La única diferencia que cabe en la música es entre la de buena y la de mala factura.

Fue un espectáculo de más de dos horas y media en el que el espíritu de Sinaloa, en su condición de estado invitado de honor del encuentro de este año, dio amplia muestra de su colorido, festiva algarabía e ilimitada generosidad, con algunos de sus más emblemáticos temas musicales y bailes. Una traspolación a Cuévano del carnaval de Mazatlán.

El programa incluyó de todo, desde lo académico hasta lo popular, y de entre ese amplio espectro sobresalieron algunas de esas canciones que forman parte indisociable del paisaje emocional mexicano, esos temas que le cantan al amor de forma festiva o bien dolorosa, la hermosura femenina, al alcohol, el olvido o la valentía.

Convertido en imponente cetáceo de piedra, la explanada del histórico recinto quedó más que atiborrada por unas 4 mil personas que por lo menos desde seis horas antes del comienzo de la función hacían una interminable fila.

Ésta serpenteaba pegada a dos de los flancos del inmueble y llegaba al Mercado Hidalgo, en medio de un imponente dispositivo de seguridad que incluyó retenes policiacos y arcos detectores de metales en torno de toda la Alhóndiga, en cuyas calles se apostaban miles de personas que permanecieron allí hasta que concluyó la función.

Pedro Infante y Lola Beltrán, tributo

El jolgorio y el ánimo de fiesta prevalecieron bullantes todo el tiempo: antes, durante y al terminar el concierto, el cual se dividió en tres muy marcados segmentos.

El primero estuvo dedicado a temas con sinfónica y en él la OSSLA ofreció algunas de las más famosas arias de ópera, o fragmentos de éstas, como Nessun Dorma, Toreador y La Habanera, interpretadas por quienes hoy día son los más importantes cantantes sinaloenses, como el tenor José Manuel Chú y la mezzo Oralia Castro.

Ellos mismos, en esa parte del programa, dieron cuenta de temas más del ánimo popular, los cuales hicieron olvidar, aunque fuese momentáneamente, los exigentes y ensordecedores gritos del público que hasta ese momento imploraba, exigía, la presencia sobre el escenario de los músicos de El Limón.

Entre esas piezas pudieron escucharse Júrame, Aires del Mayab y un popurrí en homenaje a Pedro Infante, con Amorcito corazón y Yo no fui, así como otro en recuerdo a quien ha sido la más grande cantante del género vernáculo que ha dado Sinaloa, Lola Beltrán, cuya hija, María Elena Leal, participó en el acto.

Para la segunda parte, en la que sinfónicos y músicos de banda compartieron escenario, la audiencia estaba ya bien calientita, entregada, convertida en espontáneo y monumental coro que cantó y bailó con un popurrí de mambos y otro de sones sinaloenses.

Finalmente, tras una hora y 45 minutos, cuando el espectáculo parecía haber llegado a su fin con la interpretación de El sinaloense a cargo de ambas agrupaciones, entre una lluvia interminable de papelitos de brillantes colores y el siempre asombroso despliegue de fuegos artificiales resquebrajando el cielo guanajuatense, los de La Original Banda El Limón accedieron a las ensordecedoras súplicas de la concurrencia y regresaron para tocar sus éxitos durante casi 50 minutos más.

Fue así como concluyó la 40 fiesta cervantina, entre el beneplácito y la euforia de un multitudinaria audiencia integrada en su mayoría por seres de aniñados rostros que gritaron, silbaron, saltaron, bailaron, transpiraron, disfrutaron. En fin, que vivieron y gozaron y, seguramente, comenzarán, desde ya, a alistarse para hacer lo propio el año próximo.

La Jornada

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