Los chiles tristes (Vol. 33)

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Esa mañana, un destello de luz abrió mi puerta. Es Chihuahua —dije—, como tratando de capturar el momento incapturable. Era un brillo de luz más intenso que el Sol de junio a vuela página. El solsticio de verano frente a mí se apoltronaba; más luces me salpicaban, golpeando la frágil estampa que el tiempo ha marcado desde que iniciaron los periplos. Sólo alancé a decir…, a balbucear —desperdigué estas frases:

«Te ves hermosa. ¡Estás hermosa!»

Hoy me gustas más que cualquier otro día: tienes una luz que me ciega y alumbra al mismo tiempo, y no sé por dónde caminar. Dame por favor tu mano y ayúdame a caminar contigo, pegado a ti.

No me sueltes, por favor.

Tus ojos son mis ojos; tus piernas por donde yo transito, y me pierdo siempre muy dentro de ti.

Te responsabilizo desde ya de mi locura: no te puedo dejar de ver y tampoco tengo calma para verte sonreír.

¡Me he vuelto loco!

Tú eres quien me pierde desde una serenidad que ya no existe jamás.

Así estoy este día y muchos antes sin poder respirar en paz.

¿Qué quieres que haga para recuperar mi tranquilidad?

¿Dejar de amarte?

¿O internarme aún más en mi descenso hacia lo más profundo de ti donde nace mi locura?

¡No sé qué hacer!

Sólo amarte…

Han pasado nueve días en que por fin el verano llegó. La Diosa Blanca no me abandona en demérito de unas letras que logro enderezar en línea, pero que parecen no saber a dónde se dirigen. ¿Qué hacer con estas palabras que desde hace más de dos semanas repiten el canto de un encuentro que para otros es lo opuesto, la vida seca, sin esperanzas? Otro, muy enajenado, llora, patalea, se pierde en el abismo profundo de este baldío que repite nuestro territorio agreste, desde Mapimí a Paso del Norte. Tienen razón cuando la pierden, me refiero a la cordura que aún les queda. Pues, ¿qué les deja a esos seres que navegan por el desierto, tan ingratos confines donde las miradas se pierden y los sueños ya nunca aparecen? Los hombres solos de estas latitudes son más miserables que aquellos que están rodeados de naturales, verdor y lluvia. Aquí la suerte se espanta. No aparece. Aún así…

El poema fue porque la Dama lo auspició, y más intensas pero sencillas no pudieron haber sido las palabras que lo esculpieron con tanto amor y tantos desencuentros… como marcan los cánones del emocionante arribo a la pasión. Hoy reseño que soy un ser convulso pero casi renovado. Una magia que esta mujer pecosa, traviesa, risueña, de ojos brillantes —como inteligente es su mirada—, me devolvió a la vida y entregó el mejor de los regalos: la felicidad de beberla entera entre una primavera y aquel lugar donde nacen los poetas del casi tropical y desmesurado oasis, para recuperarme al fin de aquella vastedad que me postró de niño y me arrojó al bullicio ya de adolescente. Lejos quedaron el sibilante viento, el sol candente, la tierra arduamente cultivada, el aullido de los animales silvestres, los ocasionales vuelos de jets y algún estruendo de locomotora…; La Santa Rosalía recuperada apenas, mas con un rencor que hizo valer mi vida por encima de lo que cualquiera imaginara entonces, para retornar siempre triunfante y evidenciarles, sigo vivo, escribo, he triunfado. Sí, la mocosa que soñé de joven estaba siempre ahí, dispuesta para mí, pero tan ciego y obcecado estuve, ensoberbecido que viajé, leí, cogí, bebí, me perdí, y ya recuperado repetía hasta el fastidio la misma rutina de autista de no querer ver que en mis narices estaba esa chamaca de mi tierra y de mi sal…

Estos chiles tristes no dan para más. Salvo una licencia que me permito, buscando con ello recuperar la extraña sensación de pertenecer a un lugar que se me desdibujaba a cada rato.

Chamaca ‘sonsorronsina’, cuyo amor se ha anidado en lo más profundo de mí que ya mis palabras crujen o rechinan, sea en frío lunar o hirviente sol de mi desierto que me aísla…, apenas busco conmoverte me llega un sonoro estruendo y quedo más a la distancia. Pero soy de La Santa Rosalía, lugar de los poetas que siempre vencen los abismos que en vano intentan separarnos. Te encuentro con palabras que salvan todo escollo, así queden maltrechas, que de algo sirvan para amarte. Siempre serás mía, camarguense…, pecosa…, de mi tierra y de mi sal.

 

 NOTA: Work in Progress de la novela: Los chiles tristes.

 

BLOG: http://luismendozalara.blogspot.com

 

© Chihuahua-México: Eje del S. XXI.

 

Algún lugar de MÉXICO, a 30 de junio de 2011.

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