Los chiles tristes (Vol. 31)

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“Egoísmo”, como preámbulo a lo más vasto del horizonte en territorio mexicano, una región del norte donde fueron erigidas como punta de lanza ‘Las Vascongadas’, encuentro estas frases desgarradoras de “ardiente te quiero” que grita en llanto aquel Joselito, aprisionándolas para que nadie vista jamás el cuerpo de su amada…

 

Hará dos semanas que perdido en mis devaneos, mi fiel paisano me auspicia un momento de serenidad, él y sus cervezas y yo un simple y desabrido clamato para mitigar mi ánimo desprovisto, mi enjundia trastocada, aguantando la espera sin menor posibilidad, porque ni una miserable señal recomponía mis tribulaciones.

 

Decía…, mi paisano, lúcido comunicador chihuahuense, y éste que narra estábamos apostados en una cantina del centro, una ‘cosa’ llamada “Gambrino’s”, deteriorada, recordada sólo por personajes fantasmales, desdibujados todos desde épocas tan lejanas que un trago valía su peso en alcohol, borrachos y disipados, cuerdos y enajenados, sumergidos en deseos insatisfechos y sin mayor trascendencia, y tanto deliquio y tanto desdén nutriendo mi desencanto…, pero de alguna forma insospechada, siempre la suerte de mi lado, la fortuna mayor que lentamente se posiciona para apoyar una nueva magia: el artilugio por fin rinde cuentas, y su efecto hace acto de presencia.

 

Espero a que termine de zumbar el mensaje milagroso, incapacitado para atemperar mi ansiedad pues por propia voluntad dejé de saborear años ha los humos de los densos tequilas, leo aquel envío que me dice, muy agradecida, haber recibido su flor virtual, pero flor en fin, con la consabida réplica, reproche, regaño: “labioso”. La sangre regresó a mí. Es casi todo lo que puedo decir, y ahora estoy partiendo al cruce de los confines del desierto donde todo calla: es La Zona del Silencio, y más perdido ahora entre mis propias palabras sin poderle reclamar que me siga amando igual que lo hizo en aquel paraíso donde nacen los poetas del Septentrión. Así empieza la crónica de este viaje con un dolor atravesado y una esperanza sin límites…

 

Por fortuna —siempre mi buenaventura, de la que hago uso imprudente porque exprimo sus bondades para salir de apuros—, tres amigos fraternales, cuatro, cinco… pierdo la cuenta, me lanzan el paracaídas, la tabla de salvación para que logre solventar situaciones que parecen perdidas…, y ahí está nuestro querido paisano del sur del Estado, un tal ‘Benjamin’, el hombre que congrega y concita esfuerzos con el simple uso de su voluntad norteña que tanto carecemos. Junto a él, el ingeniero Carlos Riojas, hombre sabio, inteligente, organizado, en quien ‘Benjamin’ deposita todas sus confianzas…, lo mismo Toño, líder de esta escuela de creadores de opinión pública —la Asociación de Editorialistas de Chihuahua—; Norma la maestra y poeta con toda la juventud a cuestas, vivaracha, activa, inquieta; nuestro amigo de Delicias, el siempre fiel Carlos, todo un caballero, también fino poeta; Xavier que nos trae a colación las situaciones que no debemos perder de vista, generoso amigo de raíces centenarias, y otros personajes que se suman de último momento como Carlos el trovador juarense, talentoso por el portento de sus creaciones musicales, y un joven Karlos que aún desconoce los rumbos precisos que deberá decidir para construir su futuro, abocado hoy a intentos por la cinematografía, la tv e Internet.

 

Bastante ‘material’ para fraguar un mínimo de creación proteica chihuahuense…, e insisto: el hombre fuerte, un tal ‘Benjamin’ que sabe muy bien qué es lo que quiere, firme y determinado, osado, así como el sabio del grupo que respalda y fortalece a todos por igual, uno de los personajes más interesantes, vívidos, intensos [su ebullición está como oculta…, para el despistado] que Chihuahua —no tan venturosa en el devenir de los siglos— recibió de regalo, ya que su estirpe proviene de una región semejante a la nuestra, Coahuila.

 

El viaje tiene como objetivo preciso “El Vértice Trino”, epicentro de la llamada Zona del Silencio delimitada por tres puntos de referencia inequívocos: El Cerro “Tetas de Juana”; su marido, “La Nariz de Urías”, y el Cerro de San Ignacio o Pastelone, los cuales delimitan la “intersección” de los estados de Durango, Chihuahua y Coahuila, respectivamente, territorio enclavado a su vez en el inmenso desierto del norte del país que contiene la primera Reserva de la Biósfera constituida en la América Latina: “Mapimí”. La diversidad y combinación de minerales y su profundidad originada hace 65 millones de años de su antecedente, el antiguo Mar de Tetis, le otorgan cualidades peculiares que —se supone— atrae meteoritos y provoca el colapso de las ondas hertzianas. Efectivamente, la región asemeja un imán cósmico e impide en ciertas áreas la propagación de señales como la radio y los celulares.

 

La Zona del Silencio nació como tal impregnada en magia y se convirtió en mito cuando un ingeniero de Pemex, Harry de la Peña, realizando actividades de exploración de yacimientos a mediados de los 60 descubrió que las señales de radio difícilmente se propagaban o incluso no lograban transmitirse, por lo que él dispuso, como todo colonizador de nuestra provincia Vasca, llamarla así.

 

Nuestros siempre avezados vecinitos del norte lanzaron tiempo después un cohete con una punta de Cobalto 60 que “casualmente” desvió su ruta y se estrelló la madrugada del 11 de julio de 1970 en este lugar misterioso. Ni tardos ni perezosos, enviaron al astro físico nuclear Werner Von Braun a la cabeza de un equipo sofisticado de hombres, laboratorios, maquinaria y vehículos (trenes, aviones, excavadoras) a “rescatar” su ejemplar llamado “Cápsula Espacial Athena”, porque su verdadera motivación consistió —hipótesis bastante creíble— en comprobar y hasta cuantificar la riqueza de yacimientos de uranio y petróleo crudo, fundamentales para la industria de las guerras del presente y futuro [reverberaba la crisis de los misiles, estaba vigente la aventura en Indochina y muy intensa la Guerra Fría]. De todas las maneras, nuestro país [Chihuahua…, impensable en la Zona del Silencio: prácticamente no tiene vela en materia de protección ambiental y en usufructo biótico ni de ecoturismo] carece de la ejecución de una política firme e irrestricta para la salvaguarda de nuestra riqueza natural: somos una nación vilipendiada, e insignificante  presencia en estas razones de soberanía. Triste. Muy triste.

 

Aunque en forma paralela, en nuestro privado y familiar micro mundo, los gratificantes momentos que gozamos alrededor de 50 horas de convivencia quedarán reseñados de diversas formas, ya en videos y fotos para las redes sociales y la tv, artículos y editoriales en diversas publicaciones, alguna canción evocadora, un nuevo sonido que trascienda de manera sublime el dulce silencio de la zona…, las frases que diremos a nuestros seres queridos —en lo que a mí concierne, a mi pecosa, Dama camarguense, contraste de hermosura entre La Vastedad de Santiago extrapolada desde Escalón (sur de Chihuahua), puerta de entrada a este inmenso territorio de “tempestades”, y la rica, jugosa, fresca Santa Rosalía, la CAMPIÑA del Septentrión mexicano, proclive al poema y resto de las bellas artes…

 

Les dejo una jocosa “bomba” yucateca, que nos brindó entre miles nuestro querido trovador juarense [¿De dónde más?]: Qué bonitos piececitos / que te ha regalado Dios / Son pequeños, redonditos / ¿Solamente tienes dos?

 

 

 

En agradecimiento al Lic. Benjamín Palacios Perches, el Ing. Carlos Riojas Bernal, mis queridos compañeros de viaje y al formidable equipo de apoyo bajo las órdenes de ‘Benjamin’ en Escalón Chihuahua.

 

 

 

NOTA: Work in Progress de la novela: Los chiles tristes.

 

BLOG: http://luismendozalara.blogspot.com

 

© Chihuahua-México: Eje del S. XXI.

 

Algún lugar de MÉXICO, a 30 de mayo de 2011.

 

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