Las irrefutables matemáticas de los homicidios.

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Leer rápido, pensar despacio

 

 

 

Contra datos como esos no valen argumentos.  Son los datos duros, sistematizados, correlacionados, sobre la evolución de los homicidios dolosos en México presentados por el investigador Fernando Escalante en un espléndido ensayo publicado en la revista Nexos correspondiente al mes de enero de 2010.

 

Muy sintéticamente, este sólido trabajo titulado “Homicidios 2008-2009 la muerte tiene permiso”, del investigador de El Colegio de México, nos revela:

 

Entre 1990 y 2007  la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes en todo el país empezó a descender sistemáticamente: en 1992 alcanzó un máximo de 18 asesinatos por cada 100 mil habitantes para descender a tan sólo ocho en 2007,  el primer año de los operativos conjuntos.

Chihuahua  en 1990 presentaba una tasa de homicidios de 12.91 por cada cien mil habitantes, muy por debajo de la media nacional. Los siguientes años fue aumentando en números absolutos y en números relativos, aunque no muy pronunciadamente, así en el período 2007- 2007 la tasa era ya de 16.97, casi el doble del promedio nacional que había descendido a 8.96.

Sin embargo, tan sólo de 2006-2007 a 2008-2009 los homicidios se disparan a nivel nacional en números absolutos y relativos: de 8.96 se pasa a 15.72 por cada cien mil habitantes, casi el doble. En Chihuahua el aumento es pavoroso, de 16.97 homicidios por cada cien mil habitantes en 2006-2007 damos un terrible salto a 108.5 por cada cien mil en 2009. Con mucho el estado donde se dan más asesinatos en números absolutos y relativos: con tan sólo el 3% de la población nacional  tenemos el 18% de los homicidios (y 2010 fue peor).

Los homicidios no aumentan de manera pareja. Escalante desagrega los datos y muestra con diáfana contundencia que los entidades federativas donde ha habido operativos especiales del Ejército y la Policía Federal entre 2007 y 2009, y es el caso de Chihuahua, la tasa de homicidios es muy superior al resto del país. Esta es una relación estadística firme y consistente.

Lo anterior revela que la explicación oficial de que el incremento, casi en vertical de los homicidios se debe a que “… los narcos se matan entre sí” es simplista, poco consistente e insuficiente. Incluso aceptándola hipotéticamente no da cuenta más allá de la mitad de los asesinatos.

Todos estos datos y muchos más que maneja con maestría Escalante nos demuestran que la decisión de Calderón de lanzar “la guerra contra el crimen organizado” a fines de 2006 fue improvisada y ni siquiera se basó en un diagnóstico serio a partir de los datos que el mismo gobierno tiene. Ese año el número de homicidios dolosos iba a la baja en casi todo el país. Los operativos mandados por Calderón para legitimarse dispararon enormemente la violencia y los asesinatos.

Tanto Escalante como varios de los analistas que comentan en Nexos de febrero su artículo concuerdan en la hipótesis que puede explicar por qué los operativos federales y estatales lejos de bajar, hicieron aumentar la criminalidad: porque rompieron una estructura, si se quiere corrupta e ilegal, pero que funcionaba, de pactos no dichos, de regulación del crimen por parte de las autoridades, sobre todo de las policías locales. Es aun una hipótesis, pero no deja de ser lo más interesante que se ha dicho al respecto hasta ahora.

 En todo caso, trabajos como el de Fernando Escalante son indispensables en este momento. Si la investigación seria, comprometida con la verdad no está detrás de las decisiones más importantes de gobierno, nos van a seguir los tsunamis de sangre y de violencia como este que propiciaron Calderón y quienes lo apoyan en esta letal estrategia.

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