La poesía perpetuó la memoria del humanista Carlos Montemayor

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“Cuando muere una lengua las cosas divinas, estrellas, sol y luna; las cosas humanas, pensar y sentir, no se reflejan ya en ese espejo”, declamó de su autoría el historiador en la lengua indígena del rey de Texcoco que da nombre a ese recinto de la Universidad Nacional Autónoma de México. Luego lo hizo en español.

 

El pájaro de las mil voces se hizo presente con la poesía de 12 invitados originarios de Guatemala, Colombia, Ecuador, Canadá, Brasil y México. Presentados por las dos poetas juchitecas, uno a uno mostraba su mundo, lo profundo en el sentir, mediante su lengua.

 

Las montañas, los consejos de la madre, la tierra lejana, el mundo moderno y de los políticos, el amor y el cuerpo de mujer fueron invocados la noche del jueves en la sala dedicada a la música, atiborrada sin un solo asiento vacío, ocupada hasta en los asientos del coro. La casa de la Ofunam recibió a muchos jóvenes estudiantes, pero también a personas llegadas desde lejos para oír las voces.

 

Belleza de la palabra

 

Un retrato en gran formato de Carlos Montemayor, impulsor del festival en 2004, ocupó el escenario, a un costado del micrófono principal. La poesía perpetuó la memoria del escritor y lingüista fallecido en 2010, un homenaje a quien exaltó el valor de las culturas originarias con el encuentro organizado por el Programa Universitario México Nación Multicutural, dirigido por José del Val.

 

“Te’kojama wirüba jana tsame’is wyejkuy’mo/ El alma retorna al grito del silencio” abrió el diálogo con la poeta zoque Mikeas Sánchez, de Chiapas, quien habló de los ancestros, la abuela y el padre. Nereida quería ir a Nueva York, ahora su esqueleto se desvanece en el desierto de Sonora, contó con sus versos.

Por México, también participaron Celerina Patricia Sánchez Santiago, de la Mixteca de Oaxaca; Enriqueta Lunez, en lengua tzotzil de San Juan Chamula, Chiapas, y Juan Gregorio Regino en mazateco oaxaqueño.

 

La numerosa audiencia se emocionó con cada uno de los poemas en lenguas originarias. La belleza de la palabra traspasó la barrera de la significación y se hizo presente con el sonido, la cadencia, el ritmo, el sentir, en voz de cada uno de los autores en su voz materna.

 

Desde Colombia arribó el espíritu del pájaro con susurros que vienen de bosques lejanos, del poeta quechúa Fredy Chikangana; sonidos como de gotas golpeando contra el agua de la lengua ecuatoriana shuar chicham, de María Clara Sharupi Jua; también de Ecuador, pero declamando en kichwa, Yana Lucila Lema y de Guatemala, en representación de la etnia quiché, participó Humberto Ak’abal, quien compartió: “Mamé leche de barro, por eso mi piel es del color de la tierra”.

 

Las lenguas heredadas de la época colonial, habladas en el continente americano, también hicieron acto de presencia. El francés, con el canadiense Guy Cloutier; el inglés, de su connacional Hugh Hazelton; el portugués, del brasileño Antonio Carvalho de Miranda, quien recordó: ‘‘Tudo o que o Poeta escreve está resumido numa única palavra: solidao/ Todo lo que el poeta escribe está resumido en una única palabra: Soledad”.

 

Finalmente el poeta, ensayista y narrador mexicano Eduardo Lizalde cerró el recital en español, cuando leyó con su voz profunda, como de trueno, dando consejos de antiamor “para ser eternamente desgraciado y triunfador sin riesgos aparentes”.

La Jornada

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