La poesía: “inutilidad orgullosa”

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“Adolescencia y otras cuentas pendientes” (Conaculta, 2011) es el libro de poesía más reciente del jalisciense, quien tiene en su haber más de una decena de publicaciones en el género: desde su primera plaqueta llamada “Noctambulario” (1989), pasando por “Nombre” (1990), “Piedras hundidas en la piedra” (1992), “El agua circular, el fuego” (1995), “Cien tus ojos” (2003), “Por una vez contra el otoño” (2004), “Reducido a Polvo” (2004), “Trece” (2007) y “Fractura expuesta” (2008).

Además de sus libros de poemas, Luis Vicente es autor de otras publicaciones de ensayo, crítica e investigación literaria, y también ha hecho traducciones de poesía. 

Es profesor de literatura e historia de la cultura en la Universidad de Guadalajara, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ha sido becario del Consejo Estatal de la Cultura y las Artes de Jalisco (1992), del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Programa de Jóvenes Creadores, 1995-1996 y 2002-2003; Programa de Fomento a la Traducción Literaria, 2005-2006) y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México (1996-2001).

Ha ganado el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, y  el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes.

Del arte de escribir un poema

Para escribir poesía, en sentido estricto no recurro a nada en particular, ni literario, ni teórico. Básicamente trato de escribir en las condiciones más rústicas que se pueda, al menos desde mi perspectiva, es decir, no me propongo escribir poemas para resolver problemas de pensamiento. Trato de llevar las cosas a un punto en que escribir un poema no empiece siendo un acto voluntario, sino una especie de necesidad física.

En términos psicoanalíticos aspiro a no reflejar, o a no ser yo la superficie que refleja un discurso, venga de donde venga, sino asimilarlo, interiorizarlo y habiéndolo sublimado, dejar que salga como sea que tenga que salir.

Yo no empiezo a escribir un poema si no tengo una frase que rítmicamente me convenza. No trabajo con ideas, por muy seductoras que me parezcan, esas las dejo para otra cosa. Pero tampoco me conformo con satisfacer un primer impulso biológico, orgánico, respiratorio, aunque sea el punto de partida. Porque entonces lo que escribo se limitaría a apuntes sueltos, o quizá ni siquiera lo escribiría, solo lo diría más espontáneamente en el momento en que me pareciera posible decirlo.  Naturalmente uno está prestando atención a eso que le es dado decir, pero para construir con eso otra cosa, una especie de objeto que socialmente identificamos como poema. Conforme uno va escribiendo el poema, lo va también criticando y va descartando alternativas, calculando en qué punto terminar o en qué punto no terminar.

Y no es que uno se someta a una estructura predeterminada de cierto número de versos, o de partes, o de sílabas, sino que ciertos ejemplos pre existentes que uno ha leído o de poemas que uno ha escrito antes van ayudando a completar a tarea. Y eso es con respecto a la literatura que nos rodea, pero hay un número muy cuantioso de otros estímulos y otras referencias que no son poéticas, que tienen que ver con otras actividades.

En mi caso, durante mucho tiempo esa actividad de referencia fue la caminata. Según caminaba me iba apropiando de una experiencia más concreta del ritmo y de la respuesta física a las necesidades de esa actividad particular: cómo se respira, cómo se habla mientras se camina –que es la cuestión de fondo que esta detrás de todo poema, porque en cierta forma todo poema es una caminata, y conforme se camina se va hablando. Es un ejercicio de habla cuya forma viene dada por cierto acompazamiento de la respiración.

La evolución de los soportes

La historia de la poesía es mucho más amplia que la historia de los instrumentos que le han servido para desarrollarse en tal o cual momento. Sin embargo, esos instrumentos marcan mucho al poeta.

En mi caso particular viví en dos velocidades y a dos ritmos distintos en mi adolescencia, cuando empecé a escribir. Sobre todo cuando me di cuenta que los poemas los tenía que escribir a mano con pluma y papel, mientras que mis artículos, sin duda motivado por la necesidad de entregar ciertas cosas con un plazo corto, los escribía directamente en maquina de escribir.

Y sí me di cuenta desde un principio que el instrumento te hace respirar de forma distinta: en la maquina de escribir tenías la sensación de ir letra por letra, espacio por espacio, porque cada letra y cada espacio se correspondían con un sonido muy nítido, mucho más nítido que el del teclado de una computadora. En cambio, en la escritura a mano, uno tenía una sensación de mayor continuidad y fluidez, de modo que no tienes la sensación de estar escribiendo letras sueltas que se van juntando, sino de que prácticamente uno va escribiendo al ritmo en que la respiración emite cada frase.

Es decir, la escritura a mano se presta en mi caso, mucho más, a una forma de emisión silábica de la palabra que conviene muchísimo a la poesía, porque la poesía fundamentalmente es un asunto de silabas y de frases, no de letras ni de palabras sueltas.

El punto está en que los soportes muchas veces orientan el estilo de la escritura, de modo que por ejemplo, el desarrollo de la tipografía en el siglo XX sí marco a varios poetas que buscaban sacarle provecho a la tipografía casi en términos de artista plástico, y esas preocupaciones creo que se han proyectado al ámbito de la edición digital. Es ahí, en el universo digital, donde se pueden verificar esos ejercicios de escritura con ambición visual y tipográfica.

Yo soy tan anticuado que sigo creyendo que el elemento de juicio para determinar si un poema vale o no la pena de ser releído, es de orden sonoro, no visual, ni mucho menos tipográfico. Es decir, las razones tipográficas son muy secundarias en el momento de valorar un poema.

Educación para los afectos y la lentitud

Para bien o para mal, yo he tomado mucha distancia con respecto a eso que se da a llamar el medio. No por razones trascendentales, sino por cuestiones prácticas de la vida que he ido queriendo vivir y que entre otras cosas supone alejarme de talleres, de las revistas que se hacen actualmente, de los diarios, de las lecturas y presentaciones de libros. Actualmente estoy muy poco familiarizado con esas cuestiones.

Además, nunca me interesó gran cosa. Creo que como dicen algunos ‘la poesía no es un arte de públicos sino de lectores’. Es decir, el lector de poesía rara vez se colectiviza, rara vez se convierte en un público. Más bien tiende a ser un asunto de experiencias individuales.

Existe una tendencia muy popular y muy sólida a sostener que la poesía no sirve para nada, ni tiene porque servir. Es decir, que es de una inutilidad orgullosa.

Yo creo que la poesía sí tiene una función en sí misma, que tiene que ver con el cultivo de ciertas aptitudes espirituales, con el ensanchamiento del diapasón emocional. Quiere decir que la poesía en sí misma también supone una educación para la construcción de afectos complejos, sobre la base de la palabra.

Y la poesía también es como una educación para la lentitud, entendida como una virtud del pensamiento y también de eso otro que no suele considerarse de orden del pensamiento, es decir, del sentimiento.

También la poesía es un arte de disfrutar y por lo tanto involucrarse emocionalmente con lo que la palabra dice pero también con lo que, sin estar diciendo, sugiere.

Una lucha de pequeñas distancias

Evidentemente no voy a decir yo que una sociedad donde se le diera prioridad a esto (la poesía) sería una sociedad sin violencia o sin caos, pero sí me parece que muchos fenómenos que hoy en día padecemos se verían mitigados gracias a esa contribución.

Ahora bien, la poesía no es tampoco ni ha sido nunca un fenómeno de lo macro estructural, sino un fenómeno de efectos microscópicos. Pero yo quiero que, por ejemplo, un enfermo que ha contraído determinado virus me diga que prefiere si combatir lo microscópico o lo macro estructural. Evidentemente hay veces que prefieres combatir a un microbio, que combatir a un ejército de invasores extranjeros. Muchas veces la pelea se da en las pequeñas distancias y no en las grandes.

La poesía conlleva una sensibilización de las duraciones cortas y de lo microscópico en general, las cosas pasan a pequeñas escalas”.

FRASE

“La poesía en sí misma también supone una educación para la construcción de afectos complejos, sobre la base de la palabra”

Luis vicente de Aguinaga, poeta.

Elinformador.com.mx

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