La pobreza cultural y la violencia en México

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Cuernavaca, MOR. (Proceso).- De ser considerada una ciudad “sin futuro”, con la justicia operada por el narcotráfico, azotada por el terrorismo del famoso capo Pablo Escobar, con altos índices de violencia, asesinatos y secuestros, la ciudad de Medellín, Colombia, pasó a tener “cero secuestros” y se constituyó en una de las urbes con mayor equipamiento cultural del país sudamericano, incluso con más presupuesto cultural que su capital, Santa Fe de Bogotá.

Los especialistas Carlos Villaseñor, Jairo Castrillón y Luis Miguel Úsuga coincidieron en ello durante el seminario Cultura y Seguridad Pública, realizado los días 30 y 31 de julio en la Sala Manuel M. Ponce del Centro Cultural Jardín Borda de esta ciudad, en el cual se ponderó el papel de la cultura en la reconstrucción del tejido social.

Castrillón y Úsuga fueron invitados por Villaseñor para compartir su experiencia en la transformación de Medellín, iniciada en 2004 con la elección de alcaldes, primero del profesor de matemáticas Sergio Fajardo, y posteriormente del escritor Alonso Salazar Jaramillo, quienes lograron, con la participación ciudadana, un programa de desarrollo centrado en lo cultural, pero con componentes urbanos, sociales y educativos.

Hoy, dice Villaseñor en la presentación del seminario (impartido también en Hidalgo, Oaxaca, Saltillo, Tijuana y próximamente en San Luis Potosí), Medellín no es la ciudad más violenta del mundo, ni de Latinoamérica y ni siquiera de Colombia:

“En el 2007 tuvo la tasa de muerte violenta más baja de los últimos 20 años: 26 homicidios por cada 100 mil habitantes.”

Maestro en Educación y coordinador académico de la Corporación Semiósfera de Bello, municipio conurbado a Medellín, Jairo Castrillón advierte que México está en peligro de replicar el modelo de Colombia. En entrevista con Proceso comparte la otra opción, iniciada en los ochenta y noventa –en medio de las crisis social, económica y cultural desatadas por Escobar–, basada en procesos culturales.

Se entendió el papel de la cultura (“no estoy hablando de las artes”) en la configuración de las ciudades, el fortalecimiento del tejido social y la generación de alternativas para niñas, niños y jóvenes, previniendo que no fueran carne de cañón de la guerra. Y lograron un “triángulo virtual” donde el trabajo comunitario, participativo y cotidiano fue apoyado por la empresa privada y gobernantes “que inspiran confianza”.

El especialista explica al respecto que durante un tiempo se hicieron estas iniciativas con el “gobierno de espaldas a nosotros y a veces a pesar del gobierno”, pero luego se logró un gobierno “realmente cívico, preocupado por sus comunidades, y lo digo no como militante de ningún partido o sistema político, sino de manera objetiva”.

–Cuando además de violencia hay inequidad social, desempleo, falta de educación ¿basta la cultura?, ¿realmente se puede atribuir el cambio sólo a los procesos culturales o hubo otros factores?

–La cultura no basta, como no basta sólo la economía o la política; debe haber relaciones sinérgicas… Pero lo cultural y lo ambiental se han subvalorado muchísimo y se ha sobrevalorado lo económico. Me atrevería a decir, posiblemente por estar en este sector, que lo cultural es más importante en tanto que la economía vacía, sin espíritu, puede ser muy dañina.

Según él, los problemas no son sólo de dinero, comida o empleo, sino también de inteligencia y creatividad:

“Hay pueblos con mucha riqueza, pero pobres espiritualmente, sin capacidad de controlar su ambición, hacen guerras, explotan y quieren acumular al máximo por encima de todos, tienen plata pero no corazón. Por el contrario, hay pueblos pobres con una cultura muy fuerte que les da la capacidad de vivir felices con muy poco. Diría que lo cultural es fundamental pues permite fortalecer el espíritu, ser creativos, entender la realidad, saberse parte de algo, parte de una comunidad, de un planeta, de un ecosistema y tener la inteligencia suficiente para no destruir eso en aras de la ambición.

Como ejemplo menciona Castrillón a su país, donde dice, “están muy contentos” por el crecimiento económico, pero hay corrupción, desplazamientos sociales. En los últimos 10 años se pasó de 2 mil a 8 mil títulos mineros, sin importar las afectaciones cuando “un estadista sabio debe saber que lo económico no debe ir en detrimento de las riquezas culturales ni ambientales de un país, sino generar una estabilidad política, y al mismo tiempo una buena instrucción social y un buen vivir social”.

–¿Cómo explicar lo que sucede en México si posee lo que ustedes tratan de aprovechar. Es multicultural, tiene tradiciones, riqueza patrimonial, historia y fue primero en Latinoamérica en muchos aspectos? –se le pregunta.

–Estoy de acuerdo con vos en el sentido de que venir a México es encontrarse con una cantidad de riquezas. Pienso que hay un gran peligro en México –lo digo a título muy personal sin implicar a las personas que tuvieron a bien traerme– y es que se replique el modelo de Colombia, lo ve uno en los asesores que se están consiguiendo y en cómo están implementando esa acción de narcotización.

–¿Se refiere al asesor de seguridad de Enrique Peña Nieto (el colombiano Óscar Naranjo)?

–No menciono nombres, pero todo el proceso de narcotización, la generación de grupos paramilitares…

Indica que ni en sus periodos más graves Ciudad Juárez tuvo los grados de violencia que Medellín, y ve como un factor favorable la fortaleza de la cultura mexicana pues ha servido de contención en puntos como el paramilitarismo, el Tratado de Libre Comercio y “una cantidad de cosas que han hecho de manera irresponsable los gobernantes”.

Se congratula de que en México haya también una historia de trabajo comunitario, una fuerza cultural en las comunidades y una resistencia de muchos siglos, pero advierte que comienzan a ser amenazadas y debilitadas por “la inteligencia mundial de la ambición”. Y es que en Colombia tuvieron que inventarse tradiciones “de la nada”.

“Sí hay una estrategia inteligente en todas esas mafias de la ambición, de la inequidad, que quieren triunfar en el mundo, tocarán primero la fuerza cultural de las comunidades porque México no es México por el NAFTA (TLCAN) o por los acuerdos internacionales, México es México por la conciencia de su gente, por la cultura de sus comunidades, sus tradiciones que han sabido defender, por su historia, por la valentía que ha tenido su gente y es ahí donde se intentará debilitarlos.”

–Cuando habla de las mafias de la ambición, ¿se refiere al sistema neoliberal?

–Me refiero a eso fundamentalmente.

Para él no hay peor mal en la humanidad que la ambición y la codicia. De esos sentimientos “surgen la corrupción, las empresas sin alma, el enriquecimiento a toda costa, el narcotráfico, las fuerzas paramilitares.

”Todo eso para mí tiene una sola palabra: neoliberalismo. Y pienso que el neoliberalismo no está ajeno al narcotráfico porque es un negocio muy rentable y el neoliberalismo habla de un enriquecimiento a como sea, ¿cierto? Y debemos consustanciar la corrupción porque, claro, si no tienen oportunidad entonces roban, porque es la forma que yo tengo para salir de la pobreza y tener una empresa, todo eso está muy ligado.

“Me refiero a toda esa gente que planea la muerte, a los traficantes de armas, de drogas, de personas, a los políticos corruptos, que son casi todos, a los que tienen una industria con el ser humano, que no les importa el futuro, no les importa el planeta, lo que les importa es un enriquecimiento ilimitado de momento, su empresa, su negocio… No les importa pasar por encima de las personas, de los ecosistemas ni de las culturas. Y el obstáculo real que puede tener la ambición es la fuerza comunitaria… Ahí enfilarán sus ataques.”

Modelo agotado

Luis Miguel Úsuga, exsecretario de Cultura de Medellín, afirma que la violencia es un problema cultural no necesariamente asociado a la pobreza y el ejemplo es que Medellín no era la ciudad más pobre de Colombia cuando fue la más violenta del mundo.

La ciudad perdió la esperanza, “se desinstitucionalizó” pues la gente ya no confiaba en instituciones como la policía, los jueces y el gobierno. Muchos vivieron en carne propia el asesinato o secuestro de un familiar y “fue triste porque el gobierno no respondió a la crisis adecuadamente”.

Así fue como las organizaciones sociales y culturales, investigadores, periodistas, académicos y hasta empresarios, comenzaron a hacer trabajos en los barrios “por encima y a pesar del gobierno en muchos casos”, a veces incluso “a costa de la propia vida”. Surgieron grupos y artistas con proyectos de teatro, música, artes plásticas, poesía que salieron a la calle a fin de recuperar de la violencia los espacios públicos.

La propia presidencia de la República, dice, reconoció que sólo de la mano de estas organizaciones podría abordar el problema y creó una consejería y un modelo diferente de intervención. A ello se sumó el hecho de que estas organizaciones ganaron la alcaldía con el movimiento Compromiso Ciudadano, encabezado por Fajardo. Y se conjuntaron varios factores:

Se incrementó en 40% el presupuesto para educación y el 5% para cultura, “en términos absolutos, quiero insistir en esto porque en entrevistas que hemos tenido acá en México, se señala que la cultura fue la salvadora y es uno de los elementos poderosos”. Con 2 millones de habitantes, Medellín llegó a tener el año pasado más presupuesto en cultura que la Ciudad de México en términos absolutos, no per cápita.

En su intervención en el seminario, Úsuga expuso proyectos como las llamadas Parque Bibliotecas, un concepto creado por ellos, donde además de la biblioteca hay un teatro para actividades culturales, computadoras conectadas a internet, una ludoteca con actividades deportivas, sala de exposiciones. Cada parque costó en promedio 10 millones de dólares y para operarlo se invierte un millón de dólares anualmente.

Se hicieron además centros culturales, una red de escuelas de música en los barrios pobres, museos, la creación de agrupaciones musicales. El proyecto global no fue ejecutado por el gobierno municipal, sino por las organizaciones culturales que definieron los lugares donde crear los equipamientos culturales y establecieron también el guión.

Fue como una especie de “acupuntura” de la ciudad pues los espacios se abrieron justo en los lugares donde más miedo había, donde había existido alguna cárcel, habían sucedido asesinatos o se había torturado a la gente, es decir “donde más dolía a la ciudad”.

Dos elementos que considera importantes en el éxito del modelo: La aportación con recursos de la empresa privada y la falta de corrupción, lo cual hizo eficaz la inversión pública. Con la llegada de Fajardo se construyeron también, en las zonas pobres, colegios “más bonitos” que los de la gente rica, con áreas comunes “muy generosas y lo último en tecnología”. Ello cambió la percepción de la gente de esas áreas, que no se consideraba parte de Medellín.

Se creó un plan de desarrollo cultural para aplicarse durante diez años, independientemente de los cambios de gobierno, y participaron en su diseño 3 mil personas “o sea, estuvieron todos, los de la cultura popular, los medios de comunicación, la industria cultural, los empresarios, la academia, el gobierno, los líderes sociales”. Y se concibe a la cultura como un tema transversal que atraviesa lo mismo los temas de urbanismo que de salud pública o economía. Ahora Úsuga está convencido de que cuando se unen la empresa privada, la sociedad y el gobierno se suman esfuerzos.

“Medellín no es un paraíso, tenemos todavía problemas de seguridad, de inequidad, pero hemos logrado disminuir puntos concretos como los homicidios. Eso ha hecho que Medellín pase del miedo a la esperanza, como decía Fajardo.”

–¿Querer solucionar problemas desde la cultura no limita cuando muchos son resultado del modelo económico neoliberal? –se le pregunta.

Afirma entonces que ha habido respuesta en varios frentes. Por ejemplo, en el ámbito de la justicia se logró llegar a cero secuestros, no los ha habido en seis años, porque hubo “una reacción adecuada en la administración de la justicia”. Se consideró al secuestro como una infamia para el cual se debía aplicar la ley en forma expedita, drástica y clara. Se incorporaron unidades antisecuestro con gente sin problemas de corrupción. Y agrega que es parte de la pugna por el mundo que queremos.

“Nosotros somos capaces de incorporarnos a un sistema globalizado con particularidades; si no tenemos aporte propio, si no agregamos valor, sucumbimos ante otras naciones, no militarmente, sucumbimos culturalmente. Cuando todos comamos en un McDonalds y se pierdan nuestras comunidades locales, ese día perdemos como nación.”

El organizador del seminario, Carlos Villaseñor, fundador en 2005 de la consultoría de Cultura México, dedicada a los temas de desarrollo cultural y social, explica que decidió invitar a los dos expertos colombianos por su experiencia en el cambio del imaginario en los medellinenses que ahora se ven como “dignos merecedores de cosas buenas”, no en el concepto de tener dinero o bienes materiales, sino con otros satisfactores, como la cultura, que “también nos dan felicidad”.

“Me parece, primero, que en México hemos llegado a una situación donde nuestra autorrepresentación, nuestra forma de vernos a nosotros mismos, ya ronda muchas negatividades que debemos trascender. Y segundo, nos hemos agotado ya en un modelo de desarrollo cultural que va muy poco mas allá de las artes y de la cuestión patrimonial.”

Si bien, dice, se ha logrado incrementar en 400% el presupuesto de la cultura del 2004 al 2012, hacen falta nuevos motivos para seguir aportando recursos al desarrollo cultural, pues hay “cierto cansancio de seguir invirtiendo en exposiciones que poca gente ve… en ediciones que se vuelven éxito de bodega” y otras acciones de las cuales no se ve el impacto social de la inversión de recursos públicos, derivados de los impuestos ciudadanos.

La experiencia de los colombianos, opina, permite tener ejemplos claros del impacto del desarrollo cultural en el desarrollo integral de la gente.

“Una sociedad que ha vivido esos procesos de violencia, odio, muerte, radicalización, aprecia mucho más la vida y mucho más al otro, aprecia la convivencia y ya saben el costo de no estar unidos.”

Con un índice de mil 500 secuestros al año, los empresarios se enfrentaron a una disyuntiva: o pagaban con secuestros la realidad descompuesta o invertían en el desarrollo de la gente. Lo segundo no representó ni la vigésima parte de lo que se invertía en rescates. Lo que se necesita para cultura, cita a Úsuga, es lo que vale un helicóptero:

“O podríamos decir cinco días de lo que se destina en gasto a seguridad pública tradicional represiva, o preventiva pues. Démoslo a experimentar esquemas distintos de cambio de mentalidades, generar un proceso de seguridad pública, no desde la policía sino desde la población.”

Hoy, dice convencido, toca a la sociedad ser copartícipe en las decisiones pues los modelos de la política ya están agotados. Y el problema más inmediato para México es el conflicto postelectoral que se está viviendo, y sea cual sea el resultado de los tribunales, el próximo gobierno estará cuestionado en su legitimidad y tendrá que emprender acciones para regenerar la gobernanza, antes de emprender cualquier proyecto de desarrollo.

Proceso.com.mx

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