La piedra vino de atrás

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 Es muy prematuro presumir qué lugar y de qué manera será recordado Felipe Calderón por el pueblo de México. Lo que sí es fácil predecir, es que como Estadista NO, y como demócrata y panista, quién sabe.

Lejos de la prudencia, quizás silencio obligado, de los expresidentes del viejo régimen que regresa, Calderón Hinojosa, al igual que su enemigo y antecesor, da la nota de color, negra para muchos de sus correligionarios;  cuando señala con índice de fuego a los responsables del derrumbe electoral panista. Claro está, para él  residen en la milpa del compadre, en el pajar ajeno.

Poco distinto el Felipe del que fui compañero en la LVIII legislatura federal, el de ahora más frío pero igual de proclive a  prejuzgar. Miren que acentuar los errores de los demás, no es sino síntoma de miopía, política en sentido estricto. Peor aún, despotricar y referirse peyorativamente a compañeros de militancia, resulta decepcionante y triste, porque enojarse es reducirse al mismo padecimiento.

Si usó o no la expresión que se le achaca, se válida con el silencio que ha guardado al no desmentirla, ésa que Jesús Galván soltó a los medios al salir de una reunión en la que participó con el todavía presidente, donde éste último se habría referido como “pigmeos” a candidatos del PAN que contendieron en el proceso electoral reciente.

Descalificar a excandidatos es un deporte subjetivo muy socorrido después de malos resultados electorales, que practican personas que tienen dificultades con la objetividad y la solidaridad; mal agradecidas dicen muchos. Haiga sido como haiga sido, si no ganaron, por las razones que gusten y manden, prejuzgarlos a toro pasado, más si se fue parte del equipo, defeca una canallada, delata a un cuerpo sin alma.

Agudo en el debate y brillante de pensamiento. Como muy pocos, Felipe Calderón ha atraído mi atención, por eso y otros aspectos rescatables de su trayectoria partidista me convencieron de seguirlo y apoyarlo para la internas del 2006. También es cierto que mantiene la facilidad de desmantelar simpatías, merced de la obcecación y la resistencia a prestar oídos a la opinión diferente, o de la experiencia.

Hoy todavía no comprendo cómo es que jamás ha permitido anidar en su círculo político cerrado a panistas con amplia trayectoria en la vida pública. Más allá de Luis Álvarez, su padrino de bodas y de Luis Felipe Bravo Mena, el último líder moral en el CEN del PAN. Casi todos son menores que Felipe. Juan Camilo (qepd), Max Cortázar, Jordi Herrera, César Nava, Alejandra de la Sota y Salomón Chertorivski; y otros allegados de éstos o importados del PRI, como: Dionisio Pérez Jácome y Javier Lozano Alarcón.

Me parece que descansar la confianza en un grupo sin roce con la gente común y sin más experiencia que la de posiciones técnicas, y desaprovechar los consejos de los mayores, sea quizás la razón por la que el mandatario percibe una realidad distinta a la que vivimos los ciudadanos comunes y la militancia de tropa.

Entiendo el interés de Calderón por disputarle a Gustavo Madero el control de la dirigencia del PAN, tiene lógica, pues ambos son animales políticos. Lo que me sorprende es que habiendo sido detractor de las prácticas de Fox y Espino para hacerse del poder, Felipe las haga propias. Estas deslealtades a la doctrina ya las observaban Luis Calderón Vega y Carlos Castillo Peraza, los dos finados, los dos renunciados al partido.

En mi editorial del 19 de junio “habrá cena de azules”, comenté lo que se vendría después de la elección presidencial. No se necesita más que sentido común para deducir lo que pasaría. Debo reconocer que no esperaba que Felipe Calderón usara la investidura presidencial y la misma residencia oficial de los Pinos para activar sus pretensiones partidistas, como tampoco imaginé que fuera a reeditar su proclividad a prejuzgar a sus pares ideológicos. Confieso, fui ingenuo al omitir esta parte.

Sea como sea, si alguien pensó que las pugnas en el PAN habían terminado con la derrota, se equivoca, porque estamos cerca de ser testigos cuan expuesta es la fractura. Lo pior del caso es que los invitados a esa cena de azules, poco o nada tienen que ver con los sentimientos de la militancia. Tal vez la parte noble de que los de abajo no participen, es que no se  van  a indigestar con el menú de “chorizo empanizado  sazonado en caldera  purépecha”.

P.D. El infalible juicio de la historia llegará sin contratiempos para darle la estatura que considere a la presidencia de Felipe Calderón. Sin calificativos, sobria y certera como es.

mnarvaez2008@hotmail.com Twitter: @manuelnarvaez65

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