La ‘pecosita’ de La Santa Rosalía

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Las diferencias son la base de los encuentros. Fácil y anodino lo que fluye sin reparos. Sólo construimos cuando te vez en un espejo donde, desdibujado, emprendes un camino que aún no se ha transitado. Sin esas salvedades, no hubiera recuperado a ‘La Santa Rosalía’, de la cual tú eres su expresión, y yo un simple testigo…

Así puede dar por terminada aquella novela que, como Don Luis Cardoza y Aragón decidió llamar “de caballerías”, no en su rutilante Guatemala, las líneas de tu mano, obligado me veo a guardar silencio, pues tampoco corresponde apropiarme de una frase inmortal hispanoamericana, que ya tantas deudas tengo. Más vivir la intensidad con jóvenes camarguenses, y sentir esta vida que ya no me era para mis tiempos y salidas en falso, fue más un recordatorio de la suerte que aún puedes gozar y te es dada.

Fácil —de nuevo esta palabra—, llegar de lejos y decir, estas son las letras que valen; las llevo a cuestas; he vivido y muerto por culpa de sus sonidos sin la inmortalidad —de nuevo, esta palabra— que carece de sustento, pero estoy aquí porque una chamaca enjundiosa, vital, regañona e incomprensible —como toda mujer…, pero ella, única—, me capturó, y ese individuo ajeno se volvió parte de un escenario al cual habrá de aportarle una pizca, y recupere la ‘nacionalidad’ que por despecho un día dejó detrás en caminos de caballería, a tropel, mundano, absuelto en las inmensidades de lo que ya nada cuenta, si los años no son recuperados… Tarea abismal.

“Las diferencias”…, como si no supiera de ellas, que a esta hora ya de madrugada me tienen entretenido, más preocupado, pero muy ocupado para dejarlas en claro: no cuentan; sólo valen; son para reconocer que estás en el lugar que en mi carencia de visión no me di para verte, aunque mis letras hoy te busquen y tal vez un día estén en tu memoria de niña caprichosa o mujer intensa, según sea tu ánimo que tanto me distrae.

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