La música es nuestra forma de respirar, sostiene Arvo Pärt

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Arvo Pärt se encuentra en la ciudad de Guanajuato desde las 14:30 horas del viernes 19 de octubre, luego de presentarse por primera vez en México la noche anterior en la ciudad vecina de León, donde estrenó mundialmente su partitura titulada Virgencita, como un regalo a México.

Fiel a su costumbre, por la mañana tomó goma y lápiz y se puso a corregir ese texto, de manera que pospuso unas horas la cita que había acordado con La Jornada, a pesar de que es también su costumbre y convicción no dar entrevistas a ningún periodista en el planeta.

“Quien quiera saber de mí, le recomiendo que escuche mi música; quien quiera saber de mi filosofía, que lea cualquiera de los libros que escribieron los Padres de la Iglesia; quien quiera saber de mi vida privada, es algo que prefiero reservarme”, ha repetido en distintas ocasiones.

Pero esta vez accedió a conceder una primicia mundial, en seguimiento de un diálogo que inició con este diario hace nueve años en Berlín, donde residía la mayor parte de su tiempo antes de mudarse por mayores temporadas a su natal Palin, en Estonia.

Incluso, solicitó le tradujeran las notas que ha publicado La Jornada acerca de su trabajo en los recientes años. Fue así que finalmente tomó la decisión de romper su férrea costumbre. También resultó definitiva la intervención del embajador de México en Estonia, Agustín Gutiérrez Canet.

El detalle es el meollo

Nervioso, tímido, con la mirada inquieta y todo el cuerpo tenso y luego relajado, a la manera de un colibrí, Arvo Pärt no deja de abrazar Virgencita, su partitura in work in progress. Sonríe, comparte:

“Estos días que he estado en México, luego de pasar varias jornadas en la casa de Agustín Gutiérrez Canet en Malinalco, de visitar el Museo Nacional de Antropología y de estar hoy aquí en Guanajuato, he aprendido a descifrarlos a ustedes, los mexicanos, que tienen un gran poder.

“Pero se trata de un poder secreto, que no es fácil nombrar ni descifrar, hasta que uno asimila y entiende todo.

“Es cuestión de observarlos a ustedes, entrar en su mirada, observar la manera como sonríen, sus gestos corporales, su vibración interior y entonces la ventana del alma se abre de par en par y puedo palpar que tienen mucho poder.

“Ustedes los mexicanos poseen una gran riqueza espiritual, y eso se nota luego de un breve periodo de asimilación, de observar la claridad de la luz que hay en el aire, de observar el paisaje, las montañas, pero sobre todo a ustedes, las personas mexicanas.

–La música está aquí –señala su manuscrito, que no deja de abrazar– en estos signos de notación musical, pero aquí como la ves en el papel, está muerta, no existe hasta que llega a los músicos, que la hacen brotar, nacer y vibrar desde este papel y todavía no existe del todo hasta que llegan ustedes, las personas, y entonces la música está viva, late, vibra, se ilumina.

“Mira el papel –insiste– son puros signos raros, acotaciones al margen. Está como dormida, latente, hasta que Tonu (Kaljuste, su vecino en Palin y músico de cabecera) llega y la hace nacer. Tonu y yo somos como hermanos siameses, por eso nos entendemos tan bien.”

–¿Hizo muchos cambios de anoche a hoy en esta partitura, pequeños detalles, grandes detalles?

–Eso, el detalle. En música en general, pero especialmente en mi música el detalle es el meollo, es el centro, es el vórtice de todo. De manera que un detalle en mi partitura es gigantesco, resulta monumental. Si cambio una nota o dos, aparentemente no se notaría, pero en realidad el cambio es muy grande, porque yo busco el detalle, me concentro en las pequeñas cosas, bueno, pequeñas en apariencia.

–Como la aparente sencillez de toda su música que, por cierto, provee de serenidad y paz a quien la escucha, ¿es esa su respuesta a la sociedad tan violenta que habita hoy día el planeta?

–La respuesta es la sabiduría. Y ustedes las personas poseen sabiduría, que es una de las manifestaciones de que poseen verdadero poder. En efecto, tiene usted razón, mi música es un camino, es una propuesta de sendero, una invitación a adquirir sabiduría, a cultivarla, a cultivar emociones positivas, a acudir con amor inclusive con las personas difíciles. Ese camino que propongo, más que una solución, es precisamente eso: un asidero, un camino.

–Su obra más reciente, antes de Virgencita, que también trae usted ahora a México, Adam’s Lament, ¿está también en el mismo caso, sujeta a revisión tras revisión, hará nuevas versiones como hizo con Fratres, Für Alina, Spiegel am Spiegel, y otras de sus creaciones?

–Por el momento lo que hice fue grabarla en disco. Precisamente salió en Alemania hace dos semanas.

–¿Con Manfred Eicher, en ECM?

–Efectivamente, Manfred Eicher se ha convertido en mi editor discográfico y su compañía la ECM, en mi casa de grabación porque me permiten trabajar cómodamente, a gusto, con mi hermano siamés Tonu Kaljuste, aquí presente, al contrario de otras muchas grabaciones que han salido con mi obra, y que recurren a orquestas de bajo costo pero no garantizan necesariamente la calidad de interpretación, edición y publicación como en ECM.

–Finalmente, maestro Arvo, ¿cómo le sienta México?

–De maravilla. La luz radiante, las montañas, el paisaje, las personas. Lo que sí es que estoy muy cansado. Pero feliz.

Aclamado en León

Por primera vez en la historia cultural de México, un compositor de dimensiones trascendentales, el estoniano Arvo Pärt, presentó en persona un programa íntegramente dedicado a sus composiciones, todas ellas de estreno nacional y un estreno mundial, que dedicó en medio de aclamaciones, vítores y una broma gentil al final de la velada.

El Teatro Bicentenario de León, de acústica excelente, comparable en calidad a la de la Sala Nezahualcóyotl de la ciudad de México, fue el primer escenario, donde estuvo presente, de la serie de tres conciertos que preside en su gira, en celebración del 40 aniversario del Festival Internacional Cervantino (FIC).

El programa se repitió la noche del viernes en el Teatro Juárez de Guanajuato, donde recibió la Presea Internacional Cervantina de manos del gobernador, Miguel Márquez, y de la directora del FIC, Lidia Camacho.

Tonu Kaljuste, el director más cercano a Pärt, y con quien pre-para el estreno de la mayoría de sus obras orquestales, dirigió también en Guanajuato al Coro de Cámara Filarmónico de Estonia y a la Orquesta de Cámara de Tallin, en cuatro partituras que se escucharán de nuevo la noche de este sábado 20 en el Teatro de Bellas Artes, con localidades agotadas de antemano.

El programa tuvo un desenlace cronológico: inició con la pieza más antigua para orquesta escrita en el sistema tintinnabuli (tintineo, campanilleo, iridiscencia de campanas): Fratres, para violín, orquesta de cuerdas y percusión, con el concertino de la orquesta en el papel solista y quien enseguida tomó su lugar al frente de las filas de cuerdas para la siguiente obra: Cantus in memoriam Benjamin Britten, para orquesta de cuerdas y campana, con resultados sonoros deslumbrantes, dada la acústica del teatro como la muy elevada calidad de estos músicos, especializados en el repertorio de su compositor de cabecera: Arvo Pärt.

En vivo, los hilos melódicos, las vertientes de iridiscencia, las dos líneas claras que marcan el efecto tintinnabular se pudieron apreciar en su completa magnitud, pues hasta el momento estas obras sólo eran conocidas en discos. Desde la fila 12, al centro, Arvo Pärt no pestañeaba: seguía con acrecentada concentración el desarrollo de las ejecuciones, como si se tratara de un espectador más y no el mismísimo autor: su mirada de asombro multiplicada por la totalidad del aforo del Teatro Bicentenario:

El tam tam solemne, iniciático, ritual, en Fratres, el fluido de sonidos deslizándose sinuosamente en Cantus, como un río sereno donde flota Ofelia pero, a diferencia del óleo prerrafaelita, aquí este personaje shakespereano flota plena de vida, flos campi su ropaje, transparente su sonrisa, como la que se dibujó en los labios del autor, Arvo Pärt, en medio del público alelado.

 

Un solo sonido se emitía del total de los 19 músicos de orquesta y se apreciaron así con nitidez el gris tenue de las violas, el plúmbago de los violines, el lila de los violonchelos y el lapislázuli de los contrabajos.

Si cuando culminó Fratres el sonido se difuminó en el aire, al concluir el Cantus quedó flotando en el ambiente.

Sonó entonces Adam’s Lament, la más reciente partitura partiana e hizo su aparición el coro para una ceremonia meditativa profunda y plena, una atmósfera de Requiem (Mozart, por supuesto), donde el sonido que emerge de las gargantas de los bajos y barítonos se entrelaza con las caricias de tenores, contraltos y sopranos.

“El desierto lo oía gemir/ aves y bestias se entristecían/ el llanto llenaba su rostro y el suelo/ Adam lamentaba haber condenado al hombre por el pecado”, canta el coro y responden arpegios en sordina.

El inicio de la segunda parte marcó el estreno mundial de la nueva obra de Arvo Pärt, que dedicó a México: Virgencita, cantada a capella en español con el texto litúrgico, como es habitual en las obras corales de Pärt, en esta ocasión el dedicado a la Virgen de Guadalupe.

Al terminar, más ovaciones y vítores al autor quien, tímido como una avecilla nerviosa, delicada creatura, se levantó de su asiento para agradecer a brazos alzados y caminando en breve círculo, para que sus palmas apuntaran a la totalidad del público en la sala, con su espesa barba de monje ermitaño como eje de rotación.

En persona, Arvo Pärt es como un monje laico, una persona sencilla, amable en extremo, sonriente y generoso. Platicó con La Jornada desenfadadamente en una extensión de un diálogo amigable iniciado hace nueve años en Berlín.

En congruencia con la pieza anterior, sonó, en la continuación del programa, la obra Salve Regina, ahora en latín con el sonido embrujante e hipnótico de la celesta y las repeticiones del texto litúrgico a manera de mantras y enseguida el coro se dividió en tres y en abanico: a la izquierda las mujeres, a la derecha los hombres y en medio un coro mixto y encima del todo la grabación que realizó Alfred Eicher para la versión discográfica ECM del Te Deum, esa obra maestra que quedó resonando en mentes y en corazones.

Arvo Pärt subió entonces al proscenio, recorrió el escenario entero para abrazar a sus músicos, recibió un ramo de flores que abrazó y se fue a sentar al banquillo de la celesta, al costado de la orquesta para oír sonar otra pieza de regalo: Canción de cuna, también de su autoría: una cantinela que quedará por siempre en nuestra mente, al igual que la broma de Arvo Pärt, quien observaba sonriente a los músicos y cuando la música de coro y orquesta se iba apagando se quedó “dormido” con su hermosa canción de cuna y “despertó” enseguida para regalarnos mil sonrisas luego de esa broma pueril y amable y para entonces ya brillaban los millones de planetas, astros y soles que gravitan desde entonces, desde la visita de Arvo Pärt, sobre el territorio mexicano, bendecido con los dones de este hombre bueno y sabio que nos trajo alegría, serenidad y paz, que en eso consiste la verdadera felicidad: un estado permanente de serenidad, la mente quieta, el fluir, que en eso consiste la complicada sencillez de la obra de un músico que ya es inmortal: el maestro estoniano Arvo Pärt, hoy físicamente presente en México.

La Jornada

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