La guerra fallida que nos vino del norte

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A Calderón no fue el primero a quien se le ocurrió. Hace 40 años, Richard Nixon solemnemente lanzó su “guerra contra las drogas”, una cruzada para combatir los enervantes que, según las mentalidades conservadoras, estaban destruyendo la juventud norteamericana.

 

 

Decían que los vietnamitas se estaban vengando de la guerra que les llevaron los estadounidenses intoxicando a los jóvenes gringos.

 

El viernes pasado en muchos espacios de opinión pública de los Estados Unidos y otros países se conmemoraron los 40 años de la declaración de guerra de Dicky Tricky, (Dicky el truculento) como bautizaron los medios a ese presidente defenestrado por sus prácticas inmorales en el asunto Watergate, tres años después de su moralista declaratoria bélica.

 

La conmemoración fue, en muchos sentidos, un balance de estas cuatro décadas: tan sólo el gobierno norteamericano ha gastado un billón de dólares en la guerra contra los enervantes y cada año se calcula que gasta entre 15 mil y 40 mil millones.

 

Para apoyar el combate en otros países ha gastado más de 46 mil millones de dólares, sobre todo en México y en Colombia.

 

Para arrestar a quienes cometen delitos no violentos relacionados con droga ha gastado 40 mil millones de dólares y para mantenerlos encarcelados en prisiones federales 450 mil millones.

 

Los resultados son muy por debajo de los esperados por Nixon y sus sucesores: al comenzar la guerra, en 1971, había 10 millones de consumidores habituales de droga en los Estados Unidos; hoy se cuentan entre 20 y 25 millones y se agregan 8 mil cada día.

 

Por otro lado, el consumo mundial se sigue expandiendo. Tan sólo entre 1998 y 2008, el consumo de opiáceas se incrementó en más de 34%, el de cocaína, en un 27% y el de mariguana, en un 8.%, y para qué hablar del consumo de fármacos lícitos que es un problema que aterra a los expertos en salud pública norteamericanos.

 

Además de los pobrísimos resultados, hay que considerar el altísimo costo humano de esta guerra nixoniana. Gracias a ella, se ha disparado el número de internos en las prisiones de los Estados Unidos de 300 mil en 1972 a tres millones 300 mil actualmente.

 

Este país, con sólo el 5% de la población mundial, representa, participa, sin embargo, con el 25% del total de prisioneros en el planeta.

 

El costo anual por prisionero llega a los 47 mil dólares, lo que tiene a algunos estados, como el de California en una quiebra técnica. Por gastar en prisiones se reducen los presupuestos de health care, (atención médica) y educación, reproduciendo así el círculo vicioso: desatención a los jóvenes que lleva a la drogadicción y a la delincuencia, que a su vez genera más gasto en prisiones…el cuento de nunca acabar. Pero la guerra no ha sido pareja, y según el intelectual norteamericano Noam Chomsky, ha estado sesgada desde el principio. Fue una coartada para criminalizar la formidable oleada de disidencia juvenil norteamericana de los años sesentas y setentas: pacifismo, activismo por los derechos civiles, por los derechos de la mujer, hipismo, etc. También es una coartada para criminalizar a la gente por el color de su piel (a las “clases peligrosas”, como señalan algunos autores).

 

De nuevo, las estadísticas dicen mucho: los afroamericanos son arrestados por delitos relacionados con drogas 10 veces más que los blancos. A pesar de que constituyen sólo un 14 % de la población total de ese país, contribuyen con un 37% de los arrestos por delitos que tienen que ver con enervantes. Con los hispanos sucede algo semejante.

 

Por eso, este 17 de junio, al cumplirse 40 años de la truculenta, e insensata guerra iniciada por Nixon, se levantaron voces de todas las coordenadas políticas para exigir el fin de ella, por fallida e inútil., No sólo de organizaciones civiles de amplia base social, como la Drug Policy Alliance, sino también de funcionarios del establishment norteamericano, como Paul Volcker ex presidente de la Reserva Federal y el ex secretario de Estado, George Shultz, pasando por el millonario George Soros y los cantantes progresistas Willie Nelson y Sting. También crece en cantidad y en calidad el número de voces que exigen la despenalización de las drogas. El problema es que la mentalidad prohibicionista e hipócrita que declaró y prosigue esa guerra se ha contagiado…o se ha impuesto más allá de las fronteras norteamericanas.

 

La declaratoria bélica de Calderón en diciembre de 2006 casi suena como si estuviera pronunciada en inglés, más cuando se apoya en los fondos de la Iniciativa Mérida. ¿Tendremos que esperar también 40 años los mexicanos para terminar con la guerra iniciada por Calderón? ¿No bastarán los 40 mil muertos y los 10 mil desaparecidos en tan sólo 54 meses para ponerle un alto? ¿no sería sano para la nación comenzar a debatir ya si es conveniente o no la despenalización de las drogas? ¿Cuántos más costos económicos en un país en el que campean la pobreza y el desempleo, cuántos más costos humanos seguiremos aguantando antes de gritar: “paren esa guerra fallida que nos está matando a todos”?

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