“La fotografía se me reveló como lenguaje; es una llave mágica”

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Cajas y cajas con fotografías y negativos, paredes en las que no queda espacio para colgar un cuadro más, la alacena donde conviven archivos fotográficos con latas de comida; más allá luces, mesas llenas de documentos y más fotografías. Medio escondido, el espacio mágico del cuarto oscuro…

Con nada más verlo encontrar entre todo aquello el cable para conectar su teléfono celular es posible darse cuenta que el desorden tiene un orden casi perfecto.

Y ahí, en este espacio con vista al parque México, de la colonia Condesa, Rogelio Cuéllar recibe a La Jornada para hablar del libro Huellas de una presencia, publicado en 1982 y que ahora cobra nueva vida con la presentación que se realizará este miércoles a las 18:30 horas en la librería Rosario Castellanos (Tamaulipas, esquina Benjamín Hill, colonia Condesa).

No se trata de una redición. Los ejemplares sobrevivieron 30 años, los mismos que tienen las impresiones de las imágenes que se exhibirán también en la librería. “Es, como se dice, una exposición vintage”.

Revelación de un lenguaje

Esta es la historia de ese libro: a principios de los años 80, la escritora Esther Seligson (fallecida en 2009), Vicente Rojo y Ana María Cama fundaron el sello Artífice Ediciones que, entre otros, publicó traducciones de obras de Cioran, y lo invitaron a publicar un libro de su trabajo. Rogelio tenía 30 años, 13 de ellos dedicados a la fotografía.

“Este libro nació intuitivamente como una recopilación desde mis primeros trabajos, desde 1967, a los 17 años, incluidas fotografías de mi primer viaje a Europa.

“La idea fue creciendo paralelamente al trabajo y a la amistad con Esther. Cuando me propuso publicar un libro comencé a revisar todo mi material. Me gusta mucho porque son trabajos de cuando comencé a hacer fotografía desde la forma más intuitiva, más fresca, y ahora que lo reviso me da mucho gusto, porque creo que no he perdido esa frescura y esa espontaneidad. Me gusta.”

El libro se publicó en 1982 con un tiraje de 2 mil ejemplares, diseño de Vicente Rojo, y se distribuyó en la librería Madero, de la que Ana María Cama era una de las socias. Pasaron muchos años “y a principios de este año me llamó Vicente Rojo para decirme que había fallecido Ana María, su cuñada, y que en su casa tenía guardadas cajas y cajas con ediciones de diferentes libros, entre ellos Huellas de una presencia. Son mil ejemplares, la mitad del tiraje, que estuvieron guardados. Vicente me los regaló. Entonces es la edición original de hace 30 años. Es un libro casi inédito, porque casi nadie lo conoce, menos las nuevas generaciones”.

Rogelio Cuéllar se inició en la fotografía para no ser uno de los porros que dominaban la preparatoria número 5, en Coapa. “Dije: ‘No, no me gusta eso’. Pedí prestada una cámara y en lugar de irme a la prepa me iba a tomar fotos”.

Por las tardes entraba libremente a las clases en San Carlos, “porque deseaba ser pintor”, y después trabajaba en una imprenta. “Ahí pude revelar mi primer rollo. Literalmente, la fotografía se me reveló como lenguaje, como la forma para expresarme”.

Buscó trabajo como fotógrafo en los peródicos Excélsior y Novedades, así como en varias revistas a las que comenzó a vender imágenes, hizo fotografía social, trabajó en Sucesos, logró instalar su primer laboratorio, y poco después comenzó a trabajar con lo que es su verdadera pasión: el arte y sus creadores.

Cuéllar trabaja en dos libros

El currículo continúa: en 1973 ganó el Premio Nacional de Periodismo, trabajó en Excélsior, donde lo comisionaron para registrar la visita de Jorge Luis Borges a México (imágenes que en este momento se exhiben en Bellas Artes).

Al terminar la época de Julio Scherer en Excélsior colaboró entonces en Proceso, donde se organizó un encuentro con Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Pablo González Casanova, entre otros. Cuéllar también fue el encargado de registrarlo con su cámara.

Llegó a unomasuno a pedir trabajo a Carlos Payán. “Me dijo: ‘no vas a poder entrar, porque ya nos vamos; pero no te preocupes, porque vamos a fundar un periódico. Y así es como me involucro con La Jornada, desde el principio”.

Rogelio Cuéllar, quien trabaja ya en otros dos nuevos libros: El rostro de la plástica y El rostro de las letras, desconoce la cantidad de imágenes que conforman su archivo, aunque una gran mayoría es de creadores. “Lo mío es el periodismo cultural. Fotografié a muchos políticos, pero yo necesito trabajar en quienes creo que es en los creadores.

“Por decisión personal mi pasión es trabajar con los creadores, es lo que va a perdurar; los políticos buenos o malos desaparecen, los creadores, permanecen. De una manera u otra establecí mi disciplina del periodismo cultural, el mundo de la danza, el teatro, la plástica, la literatura, la arquitectura.”

Sin embargo, “sigo siendo fotógrafo callejero. A donde voy llevo cámara, digital o análoga. Me sigue emocionando como la primera vez el ver publicada una foto mía en un periódico.

“Me interesa que se vea mi trabajo. Lo ideal sería hacer libros de lujo, de medio metro de largo, pero me sigue emocionando mucho que mi trabajo se vea cotidianamente en los medios.

“La fotografía es mi pasatiempo, mi oficio, un medio para conocer a las personas que me interesan, para conocer los lugares que me interesan. Es una llave mágica.”

La Jornada

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