¿Por qué escribo?

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Por: María del Socorro Carrillo Vda. De Rodríguez

 

Se me ha preguntado sobre lo que me motiva a permanecer frente a un aparato que, en mi niñez y juventud, jamás pensé fuera a acontecer en mi vida. -¿Por qué escribes? Lo he escuchado. Varias respuestas crecen, pero además se multiplican y tal vez encuentre las palabras apropiadas; sin embargo, puedo de entrada decir que entrelazar ideas de muy variado origen y sentimiento, produce alivio, bienestar y armonía en mi espíritu. Aun y cuando para algunos resulte extraño, existe una fuerza interior indescriptible, como una vibración; y mientras mis pensamientos desplieguen alas y conserven mi mente activa, seguiré con esta pasión.

 

 

Soy feliz escribiendo -o intentando escribir-. Puedo compartir con otras personas vivencias y experiencias, además he gozado con la oportunidad de experimentar inesperados afectos. En ocasiones escribo como si fuera un juego, le escribo a la fantasía, a la niñez, a la juventud, anécdotas. Evoco determinada -pero maravillosa- época; intento describir no solo el paisaje, sino el mensaje que a diario nos entrega cada manifestación de la naturaleza. Contemplo y honro la manifestación plena del Creador a través del sol brillante y procuro la sonrisa de los niños, pues ésta es la más tierna inspiración para formar la esencia de alguna idea, cual pedacito de cielo hecho “comunicado”.

 

Escribo porque hacerlo es como estar frente al que lee, como si le hablara en persona y de esa manera comunico y comparto vida, esperanza y aliento, misión que he tomado propia y no creo causar molestia alguna en mi Padre Dios. A la vez, converso, encuentro respuestas y testimonios. Soy impaciente, soy inquieta y en ésta página blanca retomo al recuerdo, a la época… cierto que no todo lo experimenté al 100%. Y tengo una predilección: mi hermoso pueblo de antaño… momentos imborrables por su ambiente, cuando mi mundo mental y espiritual se entrelazaban en una formación que hasta la fecha agradezco con intentos de honrarle; mi Rosales querido.

 

Escribir es desnudar el pensamiento; es abrir el corazón y sensibilizar la mente… pero sobre todo es un pensamiento compartido. Un papel y un lápiz operan milagros, fortalecen dolores, consolidan sueños, rescatan la esperanza perdida. No me interesa discutir títulos, prefiero vaciarme en los contenidos pues mi tiempo es breve y, naturalmente, escritora no soy… pero lo intento. Ignoro si tantas palabras entrelazadas llegan a generar agradabilidad en quien las lee; sin embargo, entrego, en cada cuartilla, un fragmento de mí misma, porque a cada vez que me planto ante este teclado (antes papel y lápiz), mis sueños, recuerdos y anhelos, cobran vida.

 

Jamás escribo a solas; desconozco la soledad pues siempre estoy acompañada por alguno de mis hijos, nietos o bisnietos, lo cual agradezco, pues innumerables frases, oraciones o intenciones han venido a mí inspirados precisamente en ellos: lo que más amo. Todo esto me lleva a la cima de la sensibilidad; a ver mas allá de lo que mis ojos alcanzan, más allá de lo que mis manos tocan, mas allá de lo que mis sentidos perciben. Cuando las palabras empiezan a coquetear con mis intensiones e intereses, aparece Dios… sin fondos ni límites. Al estar en esa página sutil escribiendo sobre la vida, el amor, la felicidad, el dolor, el perdón, ahí está Él.

 

Siempre he creído que “llevo un lector dentro de mí”, ello me permite intentar con el sentido común, con la búsqueda de la razón y la verdad. Es un gusto y gozo indescriptible intentar la expresión de la vida. También le escribo a Dios, ¿Cómo no hacerlo si ha sido mi compañía eterna? Pero también le escribo a mis ojos, que gastándose van poco a poco y siento como si se fueran perdiendo entre tantas letras, mientras cuenta me doy que la vida, desde su quietud, espera a ver que hago con lo que da.

 

He sentido que remuevo el tiempo en este acto personal, casi cotidiano, de entrelazar palabras; acto íntimo que años atrás decidí, por invitación de mi muy querida e inolvidable amiga Catita González, quitarle lo íntimo y exponerlo ante ustedes, mis amables seguidores. Son sentimientos y emociones que Dios, puerilmente me concede, dándole libertad a mi ideología. ¡Estoy viva!, pero además completa y de basto entendimiento, ese es el verdadero significado. Seguiré con esta gestión hasta que Él, mi fiel amigo contemporáneo, me lo permita. Es imposible dejar de hacerlo… y pareciera ironía, pero a mi edad, creo que he tomado un vicio… que por cierto, lo disfruto mucho. Hoy conté mis años y sé que mi tiempo es escaso, por tanto, seguiré en este “intento diario” de llegar al final, con Él, en paz. Bendiciones para todos y gracias por su visita cada domingo.

 

María del Socorro Carrillo Vda. De Rodríguez coyocarrillo@hotmail.com

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