Enterrar la cultura mesoamericana

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“El estigma y no el tatuaje: así, en la exposición de lo que habría tenido que ser el primer espectáculo del teatro de la crueldad (La conquista de México), que encarna la “cuestión de la colonización”, y que habría “hecho revivir de manera brutal, implacable, sangrante, la siempre vivaz fatuidad de Europa” (El teatro y su doble, IV, p. 152) (Ibíd.). El estigma sustituye al texto: “De este choque del desorden moral y de la anarquía católica con el orden pagano, se pueden hacer surgir inauditas conflagraciones de fuerzas y de imágenes, sembradas de aquí y allá de diálogos brutales. Y esto a través de luchas de hombre a hombre que llevan consigo, como estigmas, las ideas más opuestas” (Ibíd.) Entre otras el intento de enterrar las antiguas culturas que existían en Mesoamérica.

Los indígenas viviendo la fuerza de la tierra grabaron sus actos en la plancha de la vieja Tenochtitlán, Monte Albán y Chichén Itzá, etcétera. Aguijón de voces que removieron toda la sangre india, “color de tierra”. Los indígenas como hermanos en arterias, marcaban los bordes con los que no los conocían ni esperaban. Desplante en mediodía histórico en la gran ciudad, en que fueron lo que fueron y transitaron a través de las imágenes ideográficas pictóricas, etcétera.

Las voces indígenas tenían un timbre extraño, mezcla de resignación indígena y rugido. Voces no pasivas que transmitían el pensamiento indígena de un lugar a otro –del campo a la ciudad y de la ciudad al campo–, del pasado al presente y del presente al pasado, dándole nuevos significados, no sólo en términos de lenguaje, sino políticos y sociales. Voces que no eran sólo una operación lingüística de un idioma a otro, sino la multiplicación alrededor de las voces, de iniciativas de diversos tipos, políticas e institucionales, afectadoras del conjunto del sentido.

Máquina del tiempo, analogía, metáfora, correspondencia de hechos distintos, lejanos entre sí en el espacio y el tiempo y al mismo tiempo esencial y misteriosamente idénticos. No en balde llega Joseph Biden, vicepresidente de Estados Unidos, a una nueva reconquista. Voces en perpetua mutación, personajes inasibles, sucesión de máscaras y tatuajes, abolición del tiempo, conquista de la ilusión de una identidad fija.

Para reconocer la nueva reconquista habrá que recurrir al razonamiento e identificarla por el remoto parecido a ciertos rasgos. Hay que completar la identidad, la cara antigua, con ayuda de la memoria. Desfile espectral de muertos y máscaras en fiesta. Monigotes casi muertos que revelan en su cuerpo moribundo la verdad del tiempo, movedizo e invisible. Monstruosidad del tiempo. Presencias-ausencias diseminadas, abriendo el campo, en (palabras de Jacques Derrida) a una experiencia en la que la imagen no es visible ni invisible ni perceptible ni imperceptible. Los indígenas que si no hablan sí escriben internamente jeroglíficos, ideogramas, etcétera, sienten que una mano invisible los expulsa de la vida. No son nadie, pero quieren ser; escribiendo, hablando. Buscan en su escritura interna quiénes desean ser, a pesar de ser calificados de analfabetas.

Escriben y hablan en la red del espacio que no lugar y abren su realidad fantasmal. Fantasmagorías que buscan una traducción posible intentando multiplicar (como diría Derrida) alrededor de ese texto, iniciativas de diversos tipos, políticas e institucionales, que afecten el conjunto del sentido.

Los indígenas hoy como ayer transforman el espacio público, donde despliegan nuevos fantasmas, con muertos desde la conquista, víctimas, desaparecidos, humillados, castrados; que se repiten hoy día en tanto que la apertura al porvenir y hacia el otro supone una relación con los desaparecidos a través de los fantasmas enraizados en la cultura. No hay ningún análisis político ni social que no esté determinado por esas desapariciones. Los ausentes y los silenciados también toman forma en nuestro imaginario social.

Aquí y ahora para estudiar al país, tenemos que estudiar a los indios, y para construir al país tenemos que hacerlo con los indios.

La Jornada José Cueli

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