El mundo no se puede descifrar fuera de la poesía: Tomás Segovia

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Ya no tengo que demostrar nada a nadie. No tengo ningún temor. La poesía me lleva a la sabiduría, dice en entrevista con La Jornada el poeta, dramaturgo, traductor y ensayista, mientras firma al lado de su esposa y cómplice, María Luisa Capella, su más reciente poemario: Estuario (Ediciones sin nombre, 2010).

Segovia camina y escribe poemas; piensa y redacta mentalmente hurgando como un hábil artesano las mejores palabras. Su cabellera y barba plateadas resplandecen en la luz de la mañana; sus manos, que han surcado los mares del conocimiento, hablan al moverse:

Ahora escribo absolutamente por gusto. No tengo ningún temor de que me digan qué debo escribir o me reprochen. Por muy libre que quise ser de joven, estuve tenso, pensando en los críticos o en tal o cual opinión de fulano. A mi edad ¿qué van a decir los críticos? Nada.

Autor de más de 50 libros, ha traducido al español a Rilke, Ungaretti, Harold Bloom y Lacan. Actualmente trabaja en Hamlet, de Shakespeare, y se ha propuesto un heroico reto: traducir Dios, el gran poema de Víctor Hugo, tarea que inició hace 50 años y ahora pretende terminar.

Para Tomás Segovia una hoja, el sonido del aire, la luz del crepúsculo o el silencio de la noche, son lenguaje. Respira poesía, emite arte y abraza la vida en todo su esplendor cuando lee en público: Es un poco raro que la poesía de la vejez sea más llamativa que la de juventud, dice.

–¿Por qué será?

–Porque soy mejor poeta.

–Supongo que gracias a la experiencia, ¿o hay otra razón?

–Podría haber una explicación de mala fe diciendo que como tengo menos memoria y yo escribo de memoria tengo que hacer poemas más breves o reducirme a una idea poética.

–Después de su más reciente libro publicado vuelve usted a los poemas largos…

–Sí, son relativamente largos y los sigo haciendo de memoria. Tengo que reconocer que he perdido memoria y ya no puedo manejar tanto lenguaje como cuando era joven, pero sí puedo manejar poemas largos.

–Poemas de la vejez…

–La sorpresa de la vejez fue la libertad. Los achaques de la vejez los preveo. Sé que luego voy a ser sordo, con dificultades para caminar, dolores de lumbago, pero lo que nunca preví fue la libertad que iba a sentir con la vejez. A esta edad ya no tengo que demostrar nada.

–¿De verdad?

–Ya no estoy en competencia. Eso de no tener que estar justificándose. Ya no siento la vida como exigencia a la que le tengo que cumplir. Estoy en paz con la vida. Esa es la libertad.

–¿De qué está hecha la poesía de la vejez, además de libertad y experiencia?

–¿Te parece poco? (risas)… Hay sabiduría de la vida. La poesía tal como yo la concibo es justamente esa cosa milagrosa de llegar a la sabiduría. Lo que siempre me ha deslumbrado de la poesía es que cuando ya no era joven y escribía un poema, yo sabía que no era tan sabio como mi poema. Es la poesía la que es sabia. Es lo milagroso. La tentativa del poeta es producir algo que le asombre a sí mismo. Es un parto.

–La poesía intenta descifrar el mundo, dijiste ayer… ¡menuda tarea!

–La poesía lo descifra como nadie. El mundo no se puede descifrar fuera de la poesía.

–Sus poemas amorosos escritos de joven también tienen sabiduría…

–Los escribí cuando tenía 25 años y son de una sabiduría que yo no tenía. Yo no paraba de hacer tonterías amorosas, pero los poemas no. Entra uno en las fuentes del lenguaje. La sabiduría esta allí. Llegas cuando estás desnudando las palabras. Pensar nunca ha sido otra cosa que hurgar debajo de las palabras.

–¿Y el oficio sirve?

–También sirve. La poesía no es una profesión, es un oficio. Claro que el oficio se va perfeccionando con el uso, con la táctica. Y yo creo que el oficio es mejor ahora, porque tengo más malicia de artesano. Ya no limo tanto donde no es necesario y sé dónde hay que limar.

–¿Luz provisional, publicado en 1950, fue su primer poemario? –se le pregunta.

–El primero que di a la imprenta. Fue una edición casera, manual. Eso es constante en mi vida. Yo tenía 21 años cuando hice ese librito con mi amigo Enrique de Rivas. Inventamos la tipografía manualmente, está hecho a mano, en casa. Con el sistema que se hacían los carteles de toros. Era una especie de grabado en cartón piedra.

–De ese poemario de 1950 al más reciente, titulado Estuario, publicado en 2010, hábleme de la evolución de su pensamiento…

–Hay constancia. Soy un poco monocorde. Mis temas son los mismos. La sensibilidad sí ha evolucionado. Y creo que he evolucionado más en la poesía que en el pensamiento.

–¿En sus ensayos?

–Sí, también. Ahora me da vergüenza releer mis ensayos escritos cuando tenía 19 años. Hay un amigo español que ha hecho una antología de ellos, pero no encuentra editor y me pregunta mi opinión. Puso muchos ensayos de mi primera época desde los 20 hasta los 30 años. Y yo le decía que son inmaduros. Me siento un poco incómodo. No por mis ideas, que eran más o menos las mismas que ahora, sino por la torpeza para expresarlas. Es algo demasiado polémico y combativo, algo que se da cuando uno es joven.

–¿Y cuando uno es viejo?

–Ahora soy mucho más tolerante e interesado en lo otro. Aunque he cambiado poco. En la poesía sí he cambiado un poco más. Al principio empiezas buscando, pero cuando encuentras el camino no entiendo la manera de cambiar; me parece un prejuicio moderno completamente infantil. Es un daño que hizo sin querer la generación de Picasso, sobre todo él. Estar vivo es estar cambiando, pero también es permanecer.

–La muerte casi no está presente en su poesía…

–No mucho. Como poeta yo empecé cuando estaba de moda la muerte: Muerte sin fin, de Gorostiza, o Nostalgia de la muerte de Villaurrutia, la expresión de la nada. Desde muy joven comencé a pensar que no quería la muerte, a pensar que quería vivir. No tengo nada contra la vida. No tengo reproches. El terror de la muerte es una cosa más juvenil que de vejez. Hay un poema donde hablo de que al despertar del sueño vuelve uno a encontrarse con los demás, como en una plaza pública y dándome cuenta de que no me he muerto. Esa sensación de que yo quiero vivir y sé que me voy a morir. Tampoco hay que edulcorar las cosas y poner la vida color de rosa. Hay que enfrentar la muerte; otra cosa es entregarse de pies y manos. Cuando aparece la muerte en mi poesía la acepto, pero no la cultivo.

–¿Hoy día no piensa en la muerte, a pesar de la edad?

–Hace cinco años estaba muy enfermo, al borde de la muerte. Mis poemas de esa época son muy vitales. Escribí más que nunca: Si alguna vez pisé el terreno de la muerte… pero sigo siendo humano, porque sigue habiendo alguien que no quiere que yo muera.

Las modas

Tomás Segovia convivió con Luis Cernuda, Rosa Chacel, Ramón Gaya, pero su gran maestro fue Emilio Prados. Desde muy joven se reveló contra las vanguardias y la llamada modernidad o posmodernidad, y se fue imponiendo retos en la escritura.

“Ahora trabajo un rato en la traducción del gran poema de Victor Hugo, Dios, la cual empecé hace 50 años. Traduje algunos fragmentos. Es un poema del tamaño de Dios. Y ése yo lo empecé a traducir cuando di mi primera conferencia pública. Es un poema filosófico, místico, de 3 mil versos, que nadie quiere publicar. Y espero algún día terminarlo. Es el tipo de poesía que está fuera de moda

–¿Cuál es la moda en la poesía?

–Estamos viviendo la modernidad vergonzante. Hubo un engolosamiento con la modernidad, una idea del siglo XVIII puesta en práctica en el XIX. Durante el XX seguían creyendo que era lo nuevo. La poesía moderna se inventó en 1897. ¿Cómo van a decir que es moderna? El cubismo es de 1909. La física cuántica es del siglo XIX. El mundo cambia velozmente, pero el conocimiento muy despacio. La posmodernidad no es antimodernidad, sino la hijita tonta de la modernidad. Es lamentable.

–¿Por qué le choca la modernidad?

–Porque la modernidad doctrinaria siempre empezó como un chantaje, diciendo: el que no crea esto es un nostálgico. Hay mucha gente que no se atreve a decir: la posmodernidad es una pendejada, pero en el fondo lo pensamos todos, lo que pasa es que estamos chantajeados”.

–Usted se formó bajo la influencia de Emilio Prados.

–Sí, y mi primera pelea doctrinaria fue a propósito de Dalí, porque decían: es un farsante, estafador, ladrón, reaccionario, pero qué bien dibuja. Y yo decía: pero si dibuja como los anuncios de carteles de zapatillas. Eso no es dibujar bien. Luego me decían que Breton era lo moderno, pero si ese señor nació el mismo año que mi abuela. Conozco muy bien al enemigo: el surrealismo, el arte abstracto, el estructuralismo y el lacanismo. Todo lo que me parece sospechoso lo estudio, no lo niego simplemente. Se dice que el arte no es útil y que usarlo es traicionarlo. Y yo digo que no. La verdadera función del arte es imprescindible. En el momento menos pensado viene un poema que aprendí leyendo poesía y lo voy a usar para pensar, entender, comprender, sentir y tomar decisiones.

– Y la esencia de Estuario, ¿cuál es?

–Había personas que no tienen especial cercanía o afición a la poesía y que se sintieron cercanas a ella gracias a mi lectura. Eso es a lo más que puede aspirar un poeta: a revelarle la poesía a alguien.

–Al leer sus poemas eróticos se descubre que el erotismo es una constante en su trabajo… ¿cómo vive ahora la parte erótica de su poesía?

–Con la vejez el erotismo se va volviendo amor. Distinguimos el amor del deseo. Es algo muy sutil. El freudismo vulgar tiende a convertir el amor en erotismo. Tiende a pensar que el amor es una máscara del erotismo. Como si quieres mucho a tu mamá es que te quieres acostar con ella. La imagen que produjo el freudismo es ésa. El deseo sexual es fundamental, pero el deseo es más lo que dijo Platón que lo que dijo Freud. La gente piensa que es cumplir un instinto. Freud dijo no son instintos son pulsiones.

–Ahora escribo una poesía que también es del deseo. Ya no es directamente sexual. En la pareja el deseo se vuelve amor, enamoramiento. En la vejez hay un amor… El placer de mirar a las mujeres: Aunque el hombre no coma la pera del peral, el estar a la sombra es placer comunal.

–Su reciente novela, Cartas de un jubilado, cultiva el género epistolar.

–Mi novela trata de la seducción del don Juan Santaella. El arte es seducción y no tiene nada de malo. Ese prejuicio contra la seducción es represión en el sentido freudiano. Machismo.

–¿Para qué escribe?

–García Lorca contestó: para que me quieran. Yo escribo para que me quieran por mi sabiduría, por mi sensibilidad.


 Periódico La Jornada

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