El jazz es la música más interesante por su sabor a banqueta y a catedral

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–¿Con qué espíritu nace Sub versión de los hechos, 200 bandas de jazz?

–Con el espíritu de la necedad, de la obstinación por seguir documentando los quehaceres del jazz en México, a pesar de las desastrosas condiciones en que a veces tenemos que trabajar. Aunque, bueno, por fortuna también hay gente suficientemente sensible como para entender que esto del arte y la cultura son artículos de primera necesidad –como ya lo comentaban Daniel Manrique y Nacho Betancourt hace años–, y que hay que encontrar los canales necesarios, los canales idóneos para armar y conducir todas estas ondas.

“Con el jazz es un poco más difícil. Hemos dicho que se trata de lo más popular de la música académica y lo más académico de la música popular, que lo mismo sabe a banqueta que a catedral, y es precisamente en la exquisitez de estos dos aromas simultáneos que el jazz se convierte en la música más interesante de toda la historia… claro, sin que esto relegue –y mucho menos subestime– las grandes obras del rock, de la música académica, la trova y todos los demás etcéteras. Pero el punto es que el jazz, en su condición de sandwich cultural, nunca ha sido bien atendido, ni por las instancias públicas ni por la iniciativa privada; las unas sólo quieren capitalizar políticamente cada uno de sus pasos y las otras sólo quieren hacer billete, y el jazz no da para eso; al menos no en la medida que esta gente requiere. Sin embargo, también están las excepciones que confirman la regla; sólo hay que buscar.”

El código de las palabras

–¿Cómo surgió la idea y cómo fue la selección de los 200 participantes?

–La idea central era convocar a los músicos de jazz para que hablaran sobre su propia música, para que nos dieran su versión de los hechos, pero en el código de las palabras. Hay quienes afirman que lo que los músicos quieren decir ya lo dicen con la música. Sin embargo, creo que nunca estará de más que también nos hablen sobre ella; al contrario, creo que a cualquier músico de cualquier género o escuela le hace bien ponerse a reflexionar y a platicar y a debatir sobre sus procesos creativos, sobre sus conceptos, sobre sus rutas. En fin… muchas veces los músicos no se dan cuenta de ciertos ángulos o ciertos matices en sus obras, hasta que las observan a profundidad una vez terminadas, o hasta que alguien más se los hace notar. Y en el jazz es todavía más frecuente, aquí cada nuevo concierto es un ejercicio de autoexploración y autodescubrimiento personal y artístico para cada instrumentista; de repente ellos mismos se sorprenden al escuchar lo que están improvisando, y se han de decir: “Ah, te cae que ése soy yo?”

 

“En cuanto a la selección… esta fue algo muy fortuito. Hay causas y azares, diría Silvio. Cuando estábamos en 70-75 por ciento de la investigación, dimos al diseñador estos avances para que hiciera sus primeros trazos en la máquina, y al siguiente día me dijo que con lo que le había enviado ya llevábamos más de 600 páginas, y sólo teníamos autorizadas 300; imagínate. Entonces tuvimos que meterle tijera a las fichas técnicas, a los testimonios, al número de bandas participantes, a la introducción misma del libro; bueno, hasta el índice salió bailando y tuvimos que quitarlo para que cupiesen un poco más de músicos. Es el eterno problema de los espacios físicos. Claro que ahí está la nube de Internet, pero nada se compara a las ideas impresas en papel.”

 ¿Hubo algún riesgo al dejar hablar a su libre albedrío a los músicos?

–Claro que hubo riesgos, y muchos. De eso se trata precisamente esto del jazz, de correr riesgos, de lanzarte al “vacío” de tu propia creatividad y dejar que el consciente técnico trabaje y se deje seducir por el inconsciente artístico en caída libre. Esto es algo mágico, algo muy, muy cabrón, muy excitante. Entonces, al hablar los músicos sin cortapisas, era sólo dar continuidad del diario ejercicio de la libertad, dijeran lo que dijeran. Varios de ellos no quisieron escribir, que fue la primera propuesta; prefirieron una entrevista.

–¿En los testimonios, descubrió algo nuevo?

–Descubrí que varios de los jazzistas mexicanos deberían dedicarse a escribir. Tienen una claridad de ideas y un ritmo narrativo realmente impresionantes.

–¿Están todos los que son o son todos los que están?

–Todos los que están, son. Pero, repito, faltaron muchos por incluir. Ya estamos trabajando en eso. Para 2013, con la venia de los mayas, vamos a empezar la Enciclopedia fonográfica del jazz en México, en cinco tomos. A ver cómo nos va.

–¿Qué comentarios ha recibido del libro?

–Ha gustado mucho, de veras mucho. La primera edición está agotada, y Carlos Guerra ya me propuso una redición. Creo que después de tanto tiempo de estar dando mi opinión sobre lo que hacen los jazzistas, a la gente le gustó que me callara y dejara que hablaran los protagonistas.

“Agradezco sinceramente a todos los patrocinadores la alivianada que me dieron para que estos testimonios de primera mano pudieran ver la luz. Todo partió de que el Fonca aceptara la idea original, y de ahí se empezaron a sumar amigos, como los hermanos Alberto y Edgardo Aguilar, Carlos Guerra, Salvador Merchand, Julio Rivarola, Enrique Vargas. Todos tienen esa bendita locura que les nubla la razón y los hace actuar así.”

Sub versión de los hechos, 200 bandas de jazz se presentará el próximo 31 de agosto en la Fundación Sebastián, localizada en avenida Patriotismo 304, colonia San Pedro de los Pinos, a las 19:30 horas. Malacara Palacios informó que el “libro lo van a comentar Érik Montenegro, de Horizonte; Eduardo Soto Millán, y Salvador Merchand, del grupo Cuarta Aumentada. Y en la parte musical va a aparecer un dueto de lujo: Sibila de Villa en el sax y la flauta, además de Javier Reséndiz en el piano. Se va a poner bien”.

La Jornada

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