Derecho de porte

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Veo un indigente en su baño, limpiándose. Avanzo. Es mi día. Estoy de suerte, las chamacas husmean, belleza tropical, justo en el Ecuador.

Sigo las recomendaciones al pie de la letra, y más avanzo. Todo gira y sonríe, estoy como siempre, mexicano abierto, mi amigo envuelto en ese confort, me aventuro. Busco una Bohemia, daría mi vida por una sabrosa cerveza mexicana.

A regañadientes mi edad entonces hace milagros. Después, mañana una ecuatoriana gemiría, “Luchito”, y este androide en su trajinar, no tiene otra obsesión que recrearse como cualquier parroquiano en un Sanborn’s, dulce palpitar con una vieja, quien sea, pero que sea, con cierto olor, algo de mi tierra, mi dolor.

Es segura mi desesperación, diez días sin beber mi cerveza nacional, ausente de esas barras con mis agitados coterráneos, bucólicos, embebidos en su peda, podridos, jodidos por siempre, pero felices. Acólitos alcoholizados, rezando, pero buena gente.

En su ocasión, el embajador, lo dije, me preguntó: “¿Está abierto el Cardenal Mendoza?”. Mi hermanito, casi inteligente, había degustado y sobrevivido. Ya no. ¿Dónde quedó?

Avanzo por la calle prohibida, ecuatoriano yo, encubierto, mexicano per sé, muy mexicano, pero no se dan cuenta, camino, y avisto en mi ceguera, a la cual nadie sabrá acaso mi trajín tambaleante que no puedo comportarme fijo, miope, más mis oídos protegen ese desvarío, y huelo, casi huelo como mis antenas me lo permiten, la panocha, pero son muchas, me pierdo, esos aromas me atrofian, ya no sé para donde girar, una ciudad que me ha embrujado, es Guayaquil, el Ecuador, es debajo de los Andes, debajo de sus nalgas, malgastado en una edad cuando todo se me da, una perfecta niña de diecisiete.

Me vuelvo a equivocar. Es mi sino. El olor es mi cerveza Bohemia mexicana. Muero gustoso. Mañana parto a Las Galápagos.

Mendoza y yo…, marzo 17, 2013.

 

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