Árboles de Estanislao Muñoz

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“…la leyenda del Ave Fénix, que renació de sus propias cenizas deja de ser leyenda cuando se dice que el hombre, a través de los árboles materialmente vuelve a la vida.” [Véase: “Árboles y cruces”, del Ing. Estanislao Muñoz Aguilar, publicado en “La Voz de Ayer y Hoy” el 15 de febrero de 2006, aunque data del 21 de febrero de 1949. Santa Rosalía de Camargo, Chihuahua, MÉXICO.]

 

 

Abuelo de mi pecosita, contemporáneo de ‘Pancho’ Pérez Mendoza, mi padre, seguro ambos compartieron al menos conversación y algunos tragos en la famosa cantina de Camargo, “Montecarlo”. El ingeniero Muñoz fue un hombre de letras y números, y entre sus principales aportaciones está haber plantado hectáreas de árboles, algunos de los cuales sobreviven en La Santa Rosalía o en tramos entre Saucillo y Meoqui.

Me motivó abordar ese ensayo por la cercanía conceptual con el estudio sobre el origen de la poesía, “La Diosa Blanca”, escrito por Robert Graves en 1948; sí, un año antes de “Árboles y cruces” de Don Estanislao.

Dice Graves:

“Encontré por primera vez el alfabeto de árboles: Beth (abedul = B), Luis (fresno silvestre = L), Nion (Fresno = N) en la Ogygia de O’Flaherty; lo presenta… como una reliquia auténtica del druidismo transmitido oralmente a lo largo de los siglos. Se dice que posteriormente se le utilizaba para la adivinación únicamente, y que se compone de 5 vocales y 13 consonantes. Cada letra tiene el nombre del árbol o el arbusto del que es la inicial (en gaélico).”

Agrega:

“Los nombres de las letras en el alfabeto irlandés moderno son también de árboles y muchos de ellos coinciden con la lista de O’Flaherty, aunque T se ha convertido en árgoma, O en retama y A en olmo.”

Dejemos abiertas aquellas interpretaciones sobre los árboles como símbolos, que Graves y Muñoz nos brindaron en su tiempo, reproduciendo un texto que di a conocer un 21 de marzo de 2011:

Robert Graves entendió el lenguaje poético como una forma de lenguaje mágico empleado en el Mediterráneo antes de la Antigüedad Clásica, que en forma codificada se celebraba en honor de la Diosa Blanca —la Luna—, también conocida como Musa. Para que surtiera efecto y perdurara el hechizo, el poeta jamás se casaría con la musa, es decir con esa Diosa, y así tendría efecto el lenguaje de toda poesía verdadera. Tal desventura del hombre está demostrada a lo largo de la historia de la creación artística, pues la mayoría de las obras [poesía, pintura, música, canto, baile, actuación, escultura, arquitectura, cine, fotografía], si no es que todas, han derivado de desgracias a causa de un amor no resuelto o que luego se malogró.

 

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