Ansias de novillero

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El próximo titular del poder ejecutivo federal fija postura ante los Estados Unidos: “seguirá la estrategia que más convenga a México, independientemente de los criterios que más complazcan a la DEA”.

 

Esta fue la respuesta del presidente electo al diario norteamericano The Washington Post, cuando le preguntaron sobre el tema del narcotráfico. Vehemente y lapidaria a la vez, esta postura suena también seductora para los oídos de millones de mexicanos que hicieron eco de la retórica del primer priista de la nación, cuando éste en campaña prometió cambiar de estrategia de combate al crimen organizado y disminuir la violencia.

A los refinados y muchas veces  oídos sordos de los señores del capitolio estadounidense, pudo resultar alarmante y hasta cierto punto preocupante el tono y el alcance de la todavía confusa y ambigua estrategia que plantea Enrique Peña Nieto en el tema de las drogas.

Por su parte,  la administración federal del vecino país no ha comentado nada al respecto, y parece haber decidido tomar con calma y madurar estas primicias del relevo de Calderón, pues allá están en pleno proceso de elección presidencial.

Si me apuran, yo diría que Peña tiene razón en cuanto a revisar toda la estrategia de colaboración con los Estados Unidos, para combatir al crimen organizado, y está en su derecho porque será el presidente de México por los siguientes seis años. El mexiquense no puede ni debe mostrarse débil ante un gobierno y sus agencias antidrogas, acostumbrados a imponer criterios y recelosos de atender internamente sus broncas de demandas de estupefacientes, interrelacionadas con nosotros, que requieren respuesta expedita.

Pero, aunque se escucha romántico y hiede a demagogia, rechazar toda injerencia extranjera de agentes armados y aviones no tripulados a priori, es reducir de manera importante la colaboración bilateral en este tema tan delicado. Por supuesto que EPN antepone sobre la mesa de las negociaciones la conveniencia de devolverle a los mexicanos la tranquilidad y la paz, ¿pero será buena una decisión la de disminuir el uso de la fuerza del Estado y la ayuda externa para encarar a la delincuencia organizada?.

Es cierto que el esquema implementado por Calderón ha sido medianamente eficiente y mediocremente eficaz. Evidentemente hay que cambiarlo, por eso la oferta del candidato priísta resultó favorecida. También es cierto que la espectacularidad de atrapar o abatir capos de medio pelo, decomisar bienes o drogas en cantidades ridículas, comparadas por el tamaño y alcance de los cárteles mexicanos en relación con los de la camorra italiana; solo fue propaganda del gobierno que se extingue el 30 de noviembre.

Sin embargo, sí me preocupa mucho que ya investido con el poder presidencial, Peña Nieto se sostenga en lo dicho y le apueste a la reducción de la violencia a costa de mandar a segundo plano la desarticulación de los cárteles de las drogas, el debilitamiento de sus estructuras financieras y aseguramiento de sus bienes.

Yo le compro la idea si a la vuelta de dos años los índices de adicciones comienzan a disminuir significativamente y el crimen organizado merma sus actividades como consecuencia de combate inteligente y eficaz del Estado Mexicano. Contrariamente, si disminuye la violencia pero se mantienen intactas las estructuras de los cárteles, entonces será difícil convencer a propios y extraños de que el gobierno de Enrique Peña Nieto no pactó con los narcos. Sería un retroceso y provocaría un daño terrible a la sociedad mexicana.

Espero que Enrique tenga palabra de honor y cumpla con la promesa de romper con el pasado. Esto implica que sus correligionarios acusados de nexos con el narcotráfico pisarán bote. Si su sexenio transcurre sin sobresaltos para los señalados por la DEA, me quedará muy claro que  la testiculosa postura de hoy ante los gringos, fueron meras ansias de novillero.

 

mnarvaez2008@hotmail.com Twitter: @manuelnarvaez65

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