AMLO… un mal perdedor

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Una vez más está demostrando su verdadero rostro Andrés Manuel López Obrador, el candidato que la izquierda postuló para tratar de alcanzar la Presidencia de México, quien fracasara por segunda ocasión en su reciente intento por arribar a tan alta investidura. Por desgracia, en la mente de López Obrador no parecen tener cabida los principios democráticos, ni mucho menos el valor de la palabra empeñada, pues pese a que todo mundo sabe que el PRI y Enrique Peña Nieto se alzaron con el triunfo que desde meses y años atrás las encuestas y los electores de todos los rincones del país daban por consumado, el tabasqueño revela de nuevo la obstinación que ahora, al igual que seis años atrás, lo ha obsesionado por hacerse del poder a toda costa.

 

En 2006 fueron, entre otras absurdas ocurrencias, la instauración del “gobierno legítimo”; y el bloqueo y desquiciamiento de la Avenida Reforma, con sus consecuentes menoscabos económicos para decenas de negocios que en esa importante arteria vial de la capital del país se asientan; algunos de los desatinos del polémico personaje de la izquierda. En el presente año es la pretensión de la nulidad de los comicios, bajo el falso argumento de un supuesto fraude electoral, lo que la necia terquedad de López Obrador ha inventado para desprestigiar al sistema electoral y a las instituciones públicas, en perjuicio del avance democrático de la nación y de la imagen exterior del estado mexicano.

Así es, y evidentemente así continuará siendo la controvertida carrera política del inefable Andrés Manuel López Obrador, a quien parecen no importarle las instituciones del país cuando su personalísimo interés se ve afectado, así sea por el legítimo mandato electoral expresado en las urnas a través del voto de los ciudadanos. Hoy parece cobrar vida su errónea y tristemente célebre frase de “al diablo con las instituciones”, pues cada día es más palpable el desdén que el político perredista muestra hacia la institucionalidad y las leyes cuando sus expectativas no se cumplen; la filosofía política de AMLO parece sustentarse en un pragmatismo por conveniencia, pues manifiesta respeto hacia el orden instituido para la vida democrática de la república siempre que los resultados le sean favorables, pero en cuanto sufre una derrota cuestiona la legalidad, imparcialidad y transparencia de los órganos electorales y las instancias gubernamentales, desconociendo sus dictámenes oficiales.

Andrés Manuel López Obrador jamás cambiará en el fondo. Su actitud actual ha revelado que la “república amorosa” que quiso vender al electorado durante el presente proceso electoral fue solo retórica de forma, empleada como una estratagema de campaña para intentar alzarse con un triunfo que históricamente se le ha negado, mismo que hace seis años, cuando verdaderamente estuvo a punto de tenerlo en las manos, lo dilapidó arrastrado por la beligerancia y la falta de humildad que le caracterizan. En sus discursos López Obrador reiteradas veces ha dicho que quiere transformar a México. AMLO es un mal perdedor que no tiene carácter de demócrata. Sus consejeros cercanos deben advertirle que debido a su peculiar perfil personal, antes de pretender transformar a la patria tendría que transformarse él primero.

Comentarios o sugerencias: carlosjaramillovela@yahoo.com.mx

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